La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Eva, la fortaleza de una sevillana de Mérida

Las oraciones de los sevillanos hicieron que la Macarena auxiliara ayer a una sevillana de Mérida

Todavía la recuerdo en aquellas caracolas de la Facultad de Derecho a las que había que llegar al alba para coger sitio y reservárselo también a algunas compañeras colocando folios en blanco sobre las mesas. Acudía con la carpeta abrazada al pecho, con el rostro serio que ya dejaba ver el perfil de una futura magistrada. Con los cursos pasó a las aulas de la vieja Fábrica de Tabacos, por donde pululaban algunos de los líderes políticos de hoy. Eva siempre estaba en el reducido grupo de las alumnas más brillantes por méritos propios, constancia y tenacidad. Nunca perdió el tiempo en el aprendizaje de prácticas políticas. Se veía que llevaba ya una opositora en el interior. Siempre la llevó porque desde el principio dio sobradas muestras de tener la característica mínima que se le exige a un estudiante que se enfrenta a este tipo de pruebas: raza para salvar los obstáculos académicos y fuerza de voluntad para superar los baches que la vida te tiene preparados. Hoy sigue siendo una mujer joven, madre de tres hijos preciosos, inquieta, guapa, sociable y con una personalidad propia muy marcada. Los sevillanos la perdimos un día porque un emeritense pata negra se la llevó a tierras extremeñas, donde ella imparte justicia con gran reconocimiento entre sus compañeros. Es una persona muy querida en Extremadura, donde ha ejercido en diferentes destinos (Don Benito y Almendralejo antes de ocupar plaza en la capital) en los que siempre se ha ganado el respeto. La Vía de la Plata marca en buena medida la trayectoria de esta sevillana de Mérida. ¿No hay quien se considera gaditano de Sevilla o sevillano de Cádiz? Pues lo mismo ocurre en este caso. Ayer se sometió a la prueba más dura de su vida. Ella estaba en Mérida, pero la fuerza de la Virgen de la Esperanza llega siempre donde es necesaria, su manto verde y oro no conoce límites cuando se trata de dar protección, sus ojos recogieron las oraciones por su salud, su mirada seguro que le dejó marcado un camino de futuro feliz. Otra vez Eva ante un tribunal, esta vez tan distinto al de aquella ocasión. Ahora había que ganarse la plaza para continuar una vida en el hogar, con la toga y las puñetas puestas, con tantas horas mágicas que restan por vivir en Los Dominios, esa casa de campo donde la familia lleva años haciendo piña. La Macarena siempre está donde los sevillanos la necesitan: en fotos, azulejos o invocaciones. Acude como la sangre a la herida, como pastora a la búsqueda de una oveja perdida, como una Madre en ayuda de una hija. De una Eva fuerte, con raza y con toda una vida por delante.

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