Ojo de pez

Pablo / Bujalance

Fahrenheit 451

18 de enero 2016 - 01:00

AL ser preguntado por su opinión sobre el libro electrónico poco antes de morir, el escritor Ray Bradbury respondió algo así: "Me equivoqué. No hacía falta quemar los libros para que la gente dejara de leer. Bastaba con convertirlos en electrodomésticos". Se refería, claro, a Fahrenheit 451, su fabulosa novela llevada al cine por Françoise Truffaut. Quizá el autor de Crónicas marcianas se desvió de nuevo un tanto en su diagnóstico: el fenómeno del ebook se las prometía muy felices pero parece haberse desinflado mucho antes de lo que el sector editorial preveía, por más que se siga advirtiendo de su próxima hegemonía. Pero no por esto deja la gente de leer; o, para ser más exactos, no es el cacharro con fecha de caducidad el que hace de la lectura una experiencia cada vez más ajena y distante del centro de las cosas. Como decía Calígula, hay maneras y maneras, y siempre se puede actuar directamente: una reforma legal aprobada por el Gobierno en 2013 hace incompatibles a los escritores mayores de 65 años cobrar una pensión y percibir derechos de autor. José Manuel Caballero Bonald y Eduardo Mendoza han sido al parecer ya sancionados, y Antonio Gamoneda y Antonio Colinas han manifestado que, si la norma perdura, dejarán de escribir. Un patrimonio entero tirado a la basura en nombre de la Seguridad Social.

Tal vez se lleve dejar uno por la dichosa teoría de la conspiración, pero es difícil resistirse a vincular este hecho con la reducción de las humanidades en el currículum educativo y la entrega absoluta de la instrucción pública a los saberes tecnológicos, en pos de una cualificación laboral dictada desde la cuna y alentada por las alarmas que resuenan a cada reválida del informe PISA. Pero algo termina de ir mal cuando hasta los filósofos encargados de recomendar directrices a los gobiernos consideran que la solución consiste en asfixiar aún más a los docentes a cuenta de vaya usted a saber qué noción de prestigio. Otros filósofos menos ligados al mainstream, menos mal, apuntan que la solución real pasa por formar personas, no clientes. Pero venir con éstas en un país que entrega a las llamas felizmente su tradición cultural y que parece pedir a gritos mayores dosis de estupidez se corresponde bien con aquello de predicar en el desierto. Eso, por no hablar de las compatibilidades de las que sí gozan los políticos.

Otro escritor, Luis Mateo Díez, lamentaba recientemente que gran parte de lo que se publica hoy en España está dirigido a gente que no lee. Y sí, la industria cultural no parece tener muchos escrúpulos en pactar con la estupidez. Así la mecha prende antes.

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