La tribuna

F. Javier Merchán Iglesias

Familia y escuela

ES ya un tópico muy real afirmar que desde hace años asistimos a profundas transformaciones en los sistemas educativos. Son cambios que tienen que ver con nuevos contextos históricos y sociales, muy distintos a aquellos en los que se fue configurando la institución escolar a principios del pasado siglo XX. Cambios promovidos también por las políticas educativas que emanan de los organismos de gobierno mundial -como la OCDE- y que los gobiernos nacionales de uno y otro signo aplican de manera escasamente crítica. Estas transformaciones están reformulando notablemente el sentido de la escolarización, es decir, el papel de la escuela y de los sistemas escolares en las sociedades actuales. Frente a la idea de que la escuela es un medio para que los jóvenes accedan a la cultura, el conocimiento y la formación, se impone en la práctica la perspectiva de una escuela que fundamentalmente gestiona la custodia de chicos y chicas y expende títulos que cada vez tienen menos valor.

Como revelan las continuas oleadas de reformas, en un contexto de profundos cambios socioculturales, la política parece algo desorientada y se refugia en fórmulas tecnocráticas. Se habla de política educativa de números, pues los resultados medibles en porcentajes constituyen el referente casi exclusivo de los gobiernos. El efecto mediático de los números convierte a la educación en campo propicio para la publicidad y la propaganda, hasta el punto de que, sintomáticamente, los administradores, año tras año, repiten los mismos discursos, con muchos tópicos y poco contenido. Esta política, que autodefine el éxito y se afana en publicitarlo, está convirtiendo a los centros escolares en organizaciones burocráticas en las que lo importante, como en los planes quinquenales, es su contribución al objetivo de los resultados. De ahí que las nuevas formas de gestión se revelan como formas de control sobre los operarios que tradicionalmente son resistentes a las políticas gubernamentales.

Naturalmente todo esto afecta a los agentes de la educación, transmutando, por ejemplo, la identidad de la profesión docente -que se tiende a considerar como una pieza inerte del sistema- y, por supuesto, a la misma condición de alumno y a la relación de las familias con las escuelas.

Las transformaciones de los sistemas educativos tienden a configurar a la escuela como una institución que presta un servicio, la custodia, y que expende un producto canjeable en el mercado de trabajo, los títulos. Aunque pervive firmemente el deseo de que proporcione formación a sus hijos y les adentre en el mundo de la cultura y el conocimiento, los nuevos significados de la escolarización incitan a que la relación que alumnos y familias establecen con el sistema escolar sea cada vez más parecida a la del cliente que, legítimamente, espera que la administración les de lo que les promete: algo de promoción social y cierto estatus económico. Se ha vendido tanto la idea de que por la vía de la escolarización es posible alcanzar la igualdad social o al menos sobrevivir en una economía cada vez más precaria e inestable, que, lógicamente, las familias reclaman la mercancía, aunque esté averiada. De este modo, para los alumnos lo importante no es aprender sino aprobar, no estudian, sino que preparan exámenes. La novedad consiste en que el sistema escolar, lejos de distanciarse de esa lógica, la profundiza, presionando a los docentes para que den satisfacción a los clientes, o sea resultados numéricos. De la misma forma, puesto que nadie quiere quedarse fuera del reparto universal de títulos, las familias, muchas veces con poco convencimiento, se ven impelidas también a adoptar el papel de clientes a los que se les ha prometido un producto a bajo coste. La política educativa de números, presa de su propia dinámica y de su autodefinición del éxito, no hace sino alimentar y expandir la tramoya de los resultados hasta conseguir el dato estadístico que satisfaga la cuota mediática.

Naturalmente uno de los objetivos del sistema escolar es conseguir que todos los alumnos, todos, obtengan buenos resultados académicos, pero por esta vía los resultados pierden su significado y pierden su valor. En cierto modo, por esta vía, los resultados sólo tienen relevancia mediática, pero constituyen un fraude a las expectativas de las familias y a lo que la sociedad demanda de la escolarización, que no es sino una buena formación para sus hijos.

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