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Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Felipe González, una biblioteca

Sevilla ha tenido siempre un problema de relación con quien fue una de las figuras más relevantes del final del siglo XX

Un grupo de chicas quedan para estudiar juntas casi todas las tardes. Están en el último curso de bachillerato y saben que este año se juegan no sólo el aprobado, sino también una nota de Selectividad que marcará sus opciones de carrera universitaria y, de alguna forma, su futuro profesional. Además, están en un centro público con fama de exigente y con una larga historia a sus espaldas. Las reuniones para repasar apuntes las hacen en la Biblioteca Municipal Felipe González, situada a la orilla del río, que fue inaugurada deprisa y corriendo por el alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín en los últimos compases de su largo mandato y que nunca ha sido un modelo de gestión. El grupo de futuras universitarias la utilizan porque viven cerca del centro, pero ninguna de ellas sabe quién es ese Felipe González que le da nombre. A una se lo preguntó su padre un día cuando regresó a su casa: ni idea. Al día siguiente ella se lo trasladó a su grupo de amigas: tampoco ni idea. En su clase a alguno le sonaba lejano, pero no lo ubicaba en el tiempo. Quizás al final de curso, si se llega, se den algunas nociones de pasada sobre el final de la dictadura y la Transición. El hecho, al que cada uno puede dar la importancia que quiera, revela una serie de claves de lo que está pasando en nuestro sistema educativo y en la objetivación de nuestra memoria más reciente. Llegar a la universidad, casi en el final del primer cuarto de siglo XXI, sin saber que Felipe González es una de las figuras políticas más relevantes de la España del XX, que jugó un papel decisivo en la consecución de los objetivos de la Transición y que culminó la entrada de España en Europa, es un agujero en la educación de nuestros jóvenes y demuestra que la historia contemporánea sigue siendo una de las asignaturas pendientes que el país no logra aprobar.

Ignorar quién es Felipe González en Sevilla tiene doble delito. La ciudad en la que nos movemos hoy no sería la misma si hace tres décadas el entonces presidente del Gobierno no hubiera impulsado una serie de inversiones en torno a la Expo 92 que cambiaron el diseño urbano y no hubiera tomado la decisión, incomprendida en su momento y transformadora como pocas, de que la primera línea ferroviaria de alta velocidad de España fuera la Madrid-Sevilla y no la Madrid-Barcelona.

Pero Sevilla tiene un problema de relación con Felipe González. Y aunque eso no parece importarle mucho al que durante catorce años fue presidente del Gobierno, el hecho de que hoy su huella en la ciudad sea una biblioteca pública de segunda división dice mucho de cómo trata Sevilla a sus hijos. Y el que sus estudiantes pasen por colegios e institutos sin enterarse de quién fue dice más todavía.

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