La lluvia en Sevilla

Figuras en el paisaje

La escultura que más me gusta de la ciudad, y la que menos, representan a Joselito 'El Gallo'

En las rondas que, a la caída de la tarde, me gusta realizar por la ciudad -el día que convoquen las oposiciones a flâneuse municipal gano la plaza- me detengo últimamente a conversar con las estatuas, que son muchísimas las que nos aguardan en calles, plazas y parques. Sólo los azulejos tipo "Aquí vivió…" les echan la pata en cantidad y variedad. Las hay de todo tipo y gusto, algunas son incluso una invitación a la iconoclastia, eso tantrendy en los EEUU, en ocasiones más por la calidad de la pieza que por el personaje que representa. Me encantan las mitológicas, y esquivo casi todas las ecuestres, por soberbias. Cuando paso por los jardines de Rafael Montesinos le pregunto por él a la efigie de Antonio Mairena, pues el poeta llegó a dedicar unos versos a su futura estatua de mármol, y allí no la encuentro. El átomo, o lo que sea eso que tienen esculpido en Bruselas, lo tenemos aquí en una miniatura agobiada de contaminación, a la vera de la Estación Plaza de Armas. Su visión se nos atraviesa en el gaznate como una pelusa gris. Qué contraste con el huevón colombino, que es gigante. Una de mis predilectas está en la glorieta de Bécquer. A las tres damiselas de piedra (el amor ilusionado, el poseído y el perdido) las empuja, con riesgo de quebrarlas, la savia del árbol del centro. Peor está el de detrás, el ángel revoleado por los suelos, que representa el amor herido. De entre todas las esculturas de Sevilla, me quedo con el monumento fúnebre a Joselito El Gallo, de Benlliure. Curiosamente, la que menos me gusta también representa a El Gallo, recién instalada a las puertas de la basílica de la Macarena.

Pero les dejo aquí tres, minúsculas o recónditas, a las que saludo con auténtico cariño. La primera es de Mozart, casi etérea, el pie apoyado sobre una silla. Tiene algo ingrávido, como el propio genio que inmortalizó el nombre de esta ciudad. La segunda no sostiene un violín sino unas maracas. Es Antonio Machín, un pelín hierático, frente a la capilla de los Negritos. Cuando lo veo le canto un poco y celebro nuestro vínculo con su tierra y sones. La última está en Kansas City y sí, es el indio, tan chico que parece de aquellos antiguos de a peseta. Es un sioux a caballo al que, como a mí, le encanta otear el paisaje. En mi fuero interno, esa efigie no representa sólo a los indígenas de las Grandes Llanuras, también a los Pieles Rojas de esta ciudad, es decir, a esas y esos nativos de Sevilla de toda época y condición con una idiosincrasia y un carácter indómito e inmune a la globalización y a homogeneización. Icónicos, algunos de ellos tienen incluso una placa o una calle. Otros, en cambio, los dejamos caer del lado del olvido o la marginación. A poco que hagamos memoria, podemos recordar a muchos y muchas de nuestros barrios. Algunos, por suerte, continúan siendo figuras vivas en nuestro actual paisaje.

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