Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
SE ha levantado de la silla acariciándose la espalda. La sonrisa amplia y el brillo de satisfacción en los ojos reflejan el deber cumplido, la conclusión de una obligación asumida voluntariamente, sin que provenga de exigencia alguna y, por ello, sin que tampoco pueda esperarse reconocimiento a la entrega. Hoy ha terminado de coser las túnicas que le hacían falta a la cofradía para que todos los nuevos hermanos pudieran realizar la estación de penitencia.
Lleva desde el mes de octubre cortando, hilvanando, cosiendo trozos de tela que, poco a poco, han tomado la forma y medida exacta del hábito nazareno. Conoce muy bien esas tardes de tranquilidad, apenas cuatro o cinco hermanas, en las que el rumor perdido de la radio deja vagar las preocupaciones y las ilusiones, ensartándolas en cada puntada del lienzo terso y blanco de las inmaculadas capas, aún huérfanas de amores del viento de la tarde.
En los pespuntes han quedado las preocupaciones familiares, la satisfacción por el auge de la hermandad, la alegría y el entusiasmo vital que la hacen continuar cada tarde…
Hace poco, en la función, el hermano mayor le hizo entrega de un título enmarcado con la foto de esas imágenes a las que ha dedicado tiempo, esfuerzo y vida. Fue delante de todos los hermanos y las lágrimas bajaron en arroyos hasta el mármol frío de la iglesia. Ni el llanto, ni el cuadro, ni las palabras de afecto eran necesarios; Flora, como tantos hermanos y hermanas que derrochan generosidad, sencillez y humildad, siguen siendo lo mejor de nuestra casa y apenas precisan, de cuando en vez, el gesto agradecido de un beso en la mejilla.
Dentro de unos días, cuando los grandes portones de hierro den paso a la comitiva penitencial de cirios y antifaces, y el incienso surque libre y con desparpajo los cielos de la ciudad, cientos de hombres y mujeres cubrirán su cuerpo con las preocupaciones de Flora y de todas aquellas que dejaron en el reposo de habitaciones calladas su particular ayuno cuaresmal de familia, de diversiones, de descanso, convertido en impolutas túnicas.
Y fijaos bien, porque detrás de uno de los antifaces podréis contemplar el orgullo y la satisfacción de quien siente en ese instante que la cofradía, la Semana Santa, también es obra de sus manos.
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