Cuchillo sin filo

Francisco Correal

fcorreal@diariodesevilla.es

Franquismo sociológico

Si lo pensamos, hemos llamado normalidad a una suma de anomalías y despropósitos

Una de las mayores anomalías que se viven en la España actual es la llamada normalidad. En tiempos de la denostada Transición, cobró fortuna una frase de Adolfo Suárez, el prestidigitador máximo de la política, cuando dijo que había que elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle era plenamente normal. La patología actual de llamarle normalidad a una cantidad sublime de anomalías consiste precisamente en todo lo contrario: se trata de hacer normal a nivel de calle lo que con calzador se ha hecho normal en los mentideros políticos. Curiosamente, Suárez, hijo político de una dictadura, apostaba por esa democracia abierta, en consonancia con el sufragio universal. Estos sobrinos de la Transición, nietos generacionales de la Dictadura, parten sin embargo de unas premisas de sufragio censitario, de un colador que normalice auténticos despropósitos. En nombre de la democracia más abierta se aboga por un despotismo, ay, iba a llamarle ilustrado, pero dejémosle ahí.

Uno de los ámbitos donde más acuciante se ha hecho esa perversión de convertir las anomalías en normalidad es la llamada cuestión catalana, ese proceso que deja el de Kafka en pañales. Conozco muchos casos de amigos o conocidos que hace años se fueron a vivir a Cataluña por razones de trabajo. Allí establecieron lazos laborales, sentimentales, familiares. Fueron creciendo sus hijos y no me consta que en ninguno de esos casos padezcan ningún tipo de exclusión o señalamiento, cosa de la que sinceramente me alegro y es digna de encomio. Pero no oculta una maliciosa sospecha que me atrevería a calificar de franquismo sociológico. Si nos remontamos a la España de 1964, coincidiendo con el gol de Marcelino a la Unión Soviética, que es como si a Franco le hubieran dado el Nobel que después recibió Solchenitsyn, ya han pasado los años de posguerra, de ostracismo, de la cartilla del racionamiento, con esos remiendos sentimentales de la visita de Evita o el fervor popular tras la cogida de Manolete en 1947. Cinco años antes del gol de Marcelino, Bahamontes ganó el Tour de Francia y Severo Ochoa el Nobel de Medicina. La gente empezaba a adaptarse a las circunstancias, a encontrar resquicios de felicidad. El Régimen, que no era tonto, también se adaptaba al nuevo país que estaban haciendo los hijos de los que ganaron la guerra y muchos de los hijos de los que la perdieron.

Si no te complicas la vida, si no preguntas más de la cuenta y asumes la realidad imperante, la felicidad y la sensación de felicidad mantendrán un difícil equilibrio que permitirán una convivencia estable. Es curioso, en el último bastión geográfico del antifranquismo se practica ahora un franquismo consuetudinario. Una normalidad de anomalías que se contagia desde Cataluña al resto de la nación. Basta con ver a esos políticos, incluido el presidente del Gobierno, que comparecen sin someterse a ninguna pregunta. Tiene asesores suficientes como para montar una buena empresa de mensajería. Su miedo (a las preguntas) es el mensaje. ¿Era esto la cacareada nueva normalidad? ¿El Gran Hermano nos toma por Primos?

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