Crónica levantisca

juan Manuel / marqués Perales

Gabo y Mutis

COMO las diputaciones son esas instituciones sin compromiso pero con dinero, una pólvora ajena continua, hubo algunos presidentes que, además, del pan y circo, entendieron que la cultura no sólo es ese epígrafe que titula la secciones de un periódico. Era entonces Rafael Román el presidente de la de Cádiz, y organizó unas jornadas en las que invitó a Felipe González, Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez. Sólo el de en medio formaba parte del mundo de los mortales. González ya había ascendido a los cielos de su soberbia sabiduría, García Márquez vivía encerrado en su timidez solitaria y Álvaro Mutis, tras recorrer los jardines de la Alameda Apodaca, Medina y Conil, nos contó en Vejer la verdadera personalidad de Gabo. García Márquez admiraba con devoción a Mutis, mantenía que era el mejor poeta de Colombia, y el descendiente del sabio botánico andaluz correspondía con la misma amistad. Nos lo explicó: Gabo fue un terrible tímido toda su vida, lo encontró medio muerto de aburrimiento y cigarrillos en una esquina de El Universal, joven pero apagado, mustio, amarillo, hambriento de una gran historia, y Mutis le espetó al director: "Éste se te va a morir, dale un reportaje". Y vaya, sirva sólo como ejemplo la Crónica de un náufrago. Llegó tarde, no dio la primicia, pero cuando la historia real comenzó a publicarse por capítulos, El Universal dobló su tirada. Qué tiempos de papel.

Su receta fue bien simple: desde un punto y aparte al otro, el reportero debía de coger al lector por los cojones de su curiosidad. Fue un valiente del periodismo, un oteador del horizonte, aunque su madre lo subestimaba: "Yo no sé cómo escribe el Gabo, sólo sé que tiene una buena memoria porque todo lo que cuenta, se lo contaron". Un día, de crucero en Constantinopla, Mutis y Gabo, fueron hasta El Cairo. Allí solicitaron los servicios de un taxi que les introdujo por los barrios cairotas, hasta que el conductor dirigió el automóvil hacia calles más estrechas repletas de gente. García Márquez, preso de esa timidez incorregible, se agarraba a Mercedes, su mujer, miraba inquieto, sudaba de miedo, hasta que alguien se paró ante el taxi y lo frenó. "Joder, nos mataron aquí mismo", gritó. Y Mutis, al recordarlo, explotaba de risa, sólo era un admirador que frenó el taxi para entregarle un ramo de flores. En Cádiz pasó lo mismo, tras visitar la biblioteca de Federico Joly, se dirigió a la sala de la Alameda donde su amigo Felipe iba a hablar: no se bajó del taxi, el miedo a la escena le corroía, huía. Se fue para siempre.

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