La ciudad y los días

carlos / colón

'Garlochizando'

UNO de los misterios más bellos del catolicismo es el de la Inmaculada. Y también uno de los más delicados y frágiles, como todo lo que se refiere al culto a la Virgen. La exageración, el amaneramiento, la cursilería, la manipulación llevada al extremo de lo grotesco o lo irrespetuoso rondan siempre en torno a la devoción a la Virgen como la serpiente que pisa la Inmaculada. A veces, por desgracia, repta por la media luna intentando morder a la Mujer de Apocalipsis; y se da ese peligroso y breve paso que separa lo sublime de lo ridículo, lo elegante de lo vulgar, lo respetuoso de las familiaridades mariquitucias, la imagen sagrada del maniquí.

Es un peligro que siempre ha acechado al culto a la Virgen, especialmente en momentos de ese decaimiento de la devoción seria y adulta que provoca la hinchazón amanerada y el gesto exagerado. Las peores y más vulgares cursilerías en prosa, en verso, en pregón, en homilía, en escayola de Olot o en la forma de vestir a las imágenes se han perpetrado en nombre de la exaltación mariana. La Virgen tiene una presencia fundamental pero muy discreta en los cuatro Evangelios. Lo mismo debería suceder en la vida religiosa de los católicos y en el culto que se le dedique. Es esencial combinar amor y discreción, devoción e intimidad, sencillez y elegancia, delicadeza y fuerza. Sólo así se le hace justicia a esta mujer excepcional y no se degrada su celebración en una especie de adaptación al cristianismo de costumbres, supersticiones y ritos paganos. O, aún peor, en un escaparate de caprichos, modas y extravagancias.

Los ejemplos sobran. Tanto en lo que se refiere al uso y abuso perpetrado con las imágenes como a la forma de celebrar determinadas fechas. La pobre Inmaculada, en la ciudad que creó su iconografía más excelsa gracias a Pacheco, Murillo, Velázquez, Zurbarán o Montañés, es víctima de ello. Lo de echar más bulla a la bulla al muy bullangero y botellonero numerito anual de la plaza del Triunfo con la ocurrencia del abrazo de 600 jóvenes a la Catedral forma parte de este tinglado. Si quienes tienen responsabilidades en la Iglesia apuestan por la imitación de los más zafios modos de la sociedad consumista, ¿qué se puede esperar de quienes tienen menos formación? Pues lo que tenemos: la garlochización de lo sagrado. Mientras la que tal vez sea la mejor imagen sevillana de la Virgen, la Cieguecita, sigue olvidada en la Catedral museificada.

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