Acción de gracias

Gente de ciencias

Hoy toca expresar admiración y dar las gracias a quienes vieron en las matemáticas un camino para avanzar en la vida

No sé si esa separación que hacen los programas académicos entre letras y ciencias es idónea o forzada, pero lo cierto es que yo siempre fui un desastre en el segundo ámbito. Si me preguntan por cualquier operación básica de cálculo, es probable que les cambie de tema para ocultar mi ignorancia: soy un absoluto negado para los números, algo que certificaría mi contable si lo tuviera. Mi ineptitud hizo que más de una vez algún profesor de matemáticas me subiera la nota, ya fuera por compasión o para no tener que toparse -la perspectiva debía de ser escalofriante- con un zoquete semejante en el siguiente curso. Yo exhibía con ínfulas mi condición de letraherido; creía, bobo, que los de mi bando estudiábamos nada menos que las cosas del alma, que no había mejor microscopio o bisturí que la literatura, la historia, la filosofía, disciplinas que se englobaban además en una palabra tan certera como humanidades. Crecí, quizás por ese defecto de fábrica por el que me costaba entender el álgebra o la aritmética, cerrando la puerta a una parte del conocimiento, encauzando mi curiosidad en una sola dirección, aunque seguía admirándome cuando en las películas alguien, pongamos a Matt Damon en El indomable Will Hunting como ejemplo, destripaba ante una pizarra, con soltura, ecuaciones que a mí se me antojaban escritas en un idioma incomprensible.

Estos días han caído en mis manos dos poemarios que con sabiduría derriban esa frontera que levantaron entre las letras y las ciencias: Los relojes de río (Ediciones En Huida), en el que el compañero Pablo Bujalance encuentra en las teorías sobre el tiempo una hermosa y honda dimensión lírica, y A hombros de gigantas (Next Door), en el que Laura Morrón reivindica con emocionante precisión, en scikus [science haikus], a un centenar de mujeres que contribuyeron al progreso con sus investigaciones y que en muchos casos no ocupan el lugar en la Historia que merecen.

Libros que me hicieron pensar en mi idiotez al creer que se podía vivir de espaldas a la ciencia, cuando ésta -una obviedad, pero cuando uno es un despistado no repara en lo evidente- ha sido una presencia constante que nos hizo la vida mejor. El comentario de una amiga profesora, Carolina, cuando se puso la vacuna, me llevó a comprenderlo. Ella decía, con razón, que frente al virus los políticos y los ciudadanos no habíamos hecho nuestro trabajo, pero quienes se desvivían en un laboratorio sí, que es gracias a su labor que ahora vislumbramos el final del túnel. Así que hoy toca expresar la admiración y dar las gracias a la gente de ciencias, a quienes entendieron en una clase de matemáticas o de física que ahí se trazaban no sólo algún teorema, alguna fórmula: también se abrían caminos para avanzar en la vida.

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