Tomás García Rodríguez

Ginkgo biloba, el árbol eterno

A pesar de no ser muy apreciado en Sevilla, existen especímenes centenarios en el Alcázar

Antes de que aparecieran las primeras plantas con flores vistosas desarrolladas y fruto verdadero, antes de que los dinosaurios comenzaran a dominar la Tierra y antes de que pequeños mamíferos -musarañas arborícolas- continuaran el sorprendente ciclo evolutivo que condujera al ser humano, los ginkgos se erguían orgullosos sobre sus troncos y exponían al sol benefactor sus hermosas hojas en forma de paipay en los bosques del mesozoico. Se estima que Ginkgo biloba, única especie viva de su familia, presenta una antigüedad de más de doscientos millones de años, siendo una de las más primitivas que han llegado hasta nuestros días, con algún ejemplar actual que podría rondar los mil setecientos años.

Al ser considerados árboles sagrados y con altas propiedades medicinales, serían adorados desde tiempos remotos y cultivados en monasterios, cementerios y jardines de pagodas budistas de China y Japón; por lo cual, es plausible que los monjes evitaran su desaparición con los primorosos cuidados ofrecidos en sus reductos monacales. Se redescubre y expande en Europa a comienzos del siglo XVIII como una codiciada planta ornamental, presentando flores masculinas y femeninas en pies distintos. A pesar de no ser muy apreciado en Sevilla, siguiendo el incierto criterio de su falta de adaptación a los calores estivales, existen especímenes centenarios que crecen majestuosos en el Real Alcázar, mientras otros jóvenes dejan caer sus doradas hojas en el campus del Rectorado, Parque de María Luisa o Isla de la Cartuja cuando son mecidos por los aires otoñales...

"Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar con ellos y sabe escucharlos, descubre la verdad. Ellos no predican doctrinas ni recetas. Predican, indiferentes al detalle, la originaria ley de la vida" (Hermann Hesse).

Recientes estudios han revelado que este fantástico vegetal, diseñado por la naturaleza para sobrevivir en ambientes extremos, posee un material genético tres veces mayor que el del ser humano, con secuencias muy repetidas que permiten fabricar baterías de productos bioquímicos para combatir plagas, incendios, sequías, la contaminación e, incluso, la radiactividad. Estos fósiles vivientes, que apenas han cambiado a lo largo del tiempo y han superado catástrofes naturales como la que provocó la extinción de los dinosaurios hace unos sesenta y cinco millones de años, se cuentan entre los seres vivos que resistieron la devastación originada por la bomba atómica en Hiroshima, rebrotando al poco sobre las cenizas, sobre el silencio y sobre la ignominia humana.

Goethe escribe a su amada Marianne von Willemer, introduciendo en la carta dos hojas de ginkgo:"Las hojas de este árbol, que del Oriente/ a mi jardín venido, lo adorna ahora,/ un arcano sentido tienen, que al sabio/ de reflexión le brindan materia obvia./ ¿Será este árbol extraño algún ser vivo/ que un día en dos mitades se dividieron?/ ¿O dos seres que tanto se comprendieron,/ que fundirse en un solo ser decidieron?".

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