palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Grecia, 'in articulo mortis'

LA prueba de hasta dónde ha calado el absolutismo económico (y hasta qué punto parece fatal e ineluctable) es que la mera convocatoria de un referéndum para que los griegos decidan in articulo mortis cómo quieren ser sacrificados (si por inanición o por dilaceración) ha expandido el pánico no ya sólo en las mercados (donde un mero gesto contrario levanta una borrasca) sino entre los propios y muy democráticos gobiernos de la democrática Europa. Temen qué puedan decir los griegos y que lo que digan aboque a la quiebra al continente. Para que todo funcione correctamente, y los europeos podamos seguir disfrutando de nuestras triviales libertades (dónde compro, con quién contrato, con quién me acuesto) es menester un ejercicio despótico del poder económico. Para que subsistan las democracias, para salvarlas de su ruina (una ruina inducida por los propios mercados que ahora hay que redimir) es menester cegar los principios de participación.

Si Papandreu insiste en ceder la palabra al pueblo, y si el pueblo vota que no, el pueblo morirá de hambre y con él arrastrará a los europeos a la miseria. Hay que elegir entre la resignación o la pobreza extrema. Entre el conformismo o la mendicidad. Y por más que se haga para romper ese círculo infernal que contrapone participación y bienestar, el esfuerzo, me temo, será inútil. Es más, anticipo la derrota: los que objetamos contra las imposiciones de los estados, una vez agotado el breve pataleo, acataremos sus instrucciones por instinto de supervivencia. "¡Cállate Papandreu aunque me duela!", gritaríamos a poco que nos empujara la espada contra la pared y viéramos cernirse sobre nosotros y los nuestros (los hijos, los padres, las esposas) la ola de la aniquilación.

Alegan los reacios al referéndum griego que la consulta con toda probabilidad sería utilizada demagógicamente. Por supuesto, como cualquier referéndum, como cualquier convocatoria electoral. No hay una sola forma de participación, qué digo, no hay una sola iniciativa que esté a salvo de los manipuladores. Todo puede ser (y de hecho lo es) utilizado de este modo ingrato. No creo que ése sea el problema concreto. Lo que ocurre en Grecia es el signo de los tiempos. En España hemos tenidos dos ejemplos recientes de ese despotismo relativamente ilustrado: primero, la alteración de la Carta Magna con el propósito de abrir una vía de agua en el estado del bienestar, y segundo, la transformación de Rota en la base del escudo antimisiles. No se admiten preguntas. Como en la campaña electoral. Esto no disculpa, por supuesto, los errores concretos de Papandreu, sus dudas, los recelos e incluso su cobardía, pero tampoco encubre la verdad: la ciudadanía ha sido excluida de los sanedrines. Sólo le queda cierta ficción electoral.

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