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'Imago mundi'

Hay pocos placeres tan puros como este de observar y admirar a quienes ejercieron con preeminencia sus magistraturas

Noviembre nos ha traído el polvorín y el acicate de los libros, la vasta orfebrería del hombre construyendo una imagen de sí, un espéculo del mundo, por donde criaturas y dioses marchan en perfecto desorden. La gran exposición del Cicus merece toda nuestra atención, no solo porque las extraordinarias piezas que ahí se atesoran y disponen (obras de Copernico, de Serlio, de Palladio, de Vignola, de Kepler, de Atanasio Kircher, las grandes navegaciones de Jorge Juan y Ulloa, impresiones de Homero y de Virgilio, la edición veneciana del Sueño de Polifilo de Colonna, San Jerónimos de Ribera y de la escuela flamenca, tan notable en la Sevilla del XV-XVI, el gran San Isidoro de Murillo, una breve y misteriosa torre de Babel, obra de Pérez Villalta, dibujos de Curro González, la Biblia de Gutenberg...) son el glorioso recuento de una aventura extraordinaria, donde no faltan el error, el crimen y la desesperanza, sino porque todo lo dispuesto en esa sala es imagen del hombre y no del mundo.

Quiere decirse que en esta Imago mundi, comisariada por Luis Méndez Rodríguez y Luis F. Martínez-Montiel, lo que se recoge, de modo suntuoso, es la dilatada y azarosa requisa del conocimiento. Decía Munch, desde su temblorosa e impar melancolía, que "no pinto lo que veo, pinto lo que vi". Y es esta conciencia de lo humano como heredad, de la sabiduría como vasta y numerosa cadena, lo que el afortunado visitante de Imago mundi tiene ante sus ojos. Hay pocos placeres tan puros como este de observar y admirar, con gratitud sincera, a quienes ejercieron con preeminencia sus magistraturas. Maquiavelo, en su destierro de San Casciano, se vestía de gala para entrar en su biblioteca y honrar así a los grandes nombres de la Antigüedad. De modo que, cuando uno ve las chimeneas y fumarolas que ilustran los tratados barrocos de Kircher, no puede sino acordarse, junto al terror que hoy sobrecoge a La Palma, del esfuerzo que ha hecho el hombre por comprender y dominar cuanto le amenaza y le supera. Es, pues, un retrato aproximado de la humanidad, sin elusión de las sombras, lo que ahí, en la alta galería del Cicus, se encierra y se propone.

Hay una modesta pieza que resume espléndidamente lo que visitante tiene ante sí. Se trata de un ladrillo del siglo I, hallado en Itálica, donde se leen unos versos de la Eneida. De la necesidad de completar el barro con nuestro orden, de la necesidad de que barro y hombre sean una y la misma cosa, al servicio del entendimiento, nos habla cuanto se expone en Imago mundi.

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