Inmaculada sin abortistas

Editor de la 'Revista Mercurio'

La llamada Sevilla Eterna, la que sobrevive a la opereta de sí misma, tiene motivos para enorgullecerse. El dogma católico de la Purísima no podría entenderse sin la defensa que de su bandera hizo la Sevilla de inicios del XVII, en plena carrera de Indias. Hay que adentrarse, si quiera imaginariamente, en la ciudad barroca de entonces, como si lo hiciéramos en el taller de arte de Francisco Pacheco, que hará la vez de taller y, también, de aulario teológico para artistas aún mancebos, donde el incipiente Diego Velázquez, como su compañero Alonso Cano, como su coetáneo Zurbarán, alumbrará su Inmaculada, aquella muchacha judía nacida sin mancha. Decía no sé quién que lo más increíble de un milagro es que sucede. Algo parecido ocurre cuando uno contempla la Inmaculada de Velázquez, o cuando admira la otra imagen, algo más hierática, pero igual de sencilla y sublime, de Zurbarán. El arte pleno es también como una ascesis de milagro y de contemplación para la otra vida.

En 1615 la Primitiva Hermandad de los Nazarenos de Sevilla juró defender con ardor el voto de la Inmaculada Concepción. Los versos de Miguel Cid, quien da nombre a la calle que atraviesa la planimetría de San Lorenzo, ensalzan a la Madre de Dios sin pecado concebida. Por eso en su cortejo en la madrugada del Viernes Santo, de entre la fumarola de incienso y el negro ruan que lo envuelve, un nazareno porta la bandera concepcionista, otro el cirio votivo alusivo al dogma de 1615 y, otro tercero, la espada que evoca la jura de derramar la sangre en su defensa si hiciera falta. Más de tres siglos después, en 1854, la Iglesia Católica reconocerá el dogma de la Inmaculada Concepción a través de la bula Ineffabilis Deus de Pío IX.

Tras la terrible peste de Sevilla, Murillo ahondará en la iconología de la Inmaculada, cuya imagen con gloria de angelotes, túnica blanca y mantolín azulino es la que primero evocamos. La versión de Murillo, más ascensional, nos la muestra sin el estatismo de la escuela de Pacheco y sin los símbolos de la letanía lauretana que se habían fundido con el modelo de la mujer del Apocalipsis de Juan ("Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo los pies y una corona de doce estrellas en su cabeza…").

A veces el dogma de la Virgen sin mancha lo profanan abortistas y feministas sin sesera con sus salmos: "Nos han engañado, la Virgen ha follado", "La Virgen María también abortaría", etcétera. Al olor curil que antes estropeaba el misterio de la Inmaculada le ha sucedido ahora un apestoso olor a ovarios destemplados.

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