¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Laffón en la Cartuja

Esta pintora tan hondamente sevillana nos reconcilia con una ciudad muchas veces ruidosa, sucia y pretenciosa

Una de las quejas recurrentes del cultureteo sevillano y de las autoridades del ramo es la poca afluencia de público al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, alias CAAC. Sin embargo, es esta soledad isleña de la que fuese la Cartuja de Sevilla -el lugar donde nació la mal llamada tortilla francesa, según el maestro Ferrand- uno de sus principales valores y atractivos. Hemos dicho alguna vez que Santa María de las Cuevas es el enclave más hermoso de la ciudad, el lugar donde la tradición y la modernidad de la mejor Sevilla se encontraron gracias al proyecto del arquitecto José Ramón Sierra, que consiguió dar lógica contemporánea y unidad funcional a una amalgama de elementos mudéjares, renacentistas, barrocos e industriales. Pasear por ese laberinto de claustros y patios, salas y chimeneas, huertas y pérgolas, es uno de los mayores placeres que el paseante despreocupado puede encontrar en esta ciudad donde hasta los parques son ruidosos.

Estos días, para mayor goce, la paz cartujana que invade la vieja fábrica de Pickman se intensifica con la presencia de la exposición La sal, de Carmen Laffón, parte del triplete con la que Sevilla homenajeará durante los próximos meses a la que puede considerarse la mejor pintora de su historia. Estos cuadros, entre la abstracción y el plein air sanluqueño, son un bálsamo para la cabeza llena de grillos del paseante. Porque si algo representa Carmen Laffón es la Andalucía silenciosa y pudorosa, la de los pequeños claustros mudéjares y las frescas bodegas de pueblo; un espacio físico y mental cada vez más lejano para los que vivimos en una ciudad cuyos paisajes sonoros han sido destrozados por el motor de combustión, la amplificación electrónica del sonido y, sobre todo, la mala educación y el populismo festivo-municipal

Al igual que José Ramón Sierra, Carmen Laffón ha sabido conectar modernidad cosmopolita y tradición bajoandaluza. Con sus horizontes del coto, sus objetos dignificados por el tiempo o sus espuertas de palomino, Pedro Ximénez y moscatel, esta pintora tann hondamente sevillana, de modestia franciscana y voz baja de confesionario, nos reconcilia con la ciudad muchas veces ruidosa, sucia y pretenciosa. Pasear por esta Cartuja en busca de las salinas de Bonanza y la Algaida de Laffón es viajar a una Sevilla cada vez más inasequible, pero posible. No se preocupen las autoridades, por tanto, en atraer más público desganado y rutinario al CAAC y mantengan sus jardines y caserío como reserva silenciosa en la muy escandalosa capital andaluza. Se lo agradecerán las generaciones venideras.

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