Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
Te acabo de ver pasar por una de las calles del barrio, con tus ojos vidriados por esa agonía eterna de gitano de Triana. Y he recordado el zaguán de la entrada de la casa, con el 1938 en hierro negro de forja sobre la reja. Año difícil, vidas difíciles.
-"Mamá ¿cuándo vas a hacer las torrijas?"-. Aún te miraba desde abajo, apenas llegaba a ese busto grande y en puntas de señora del barrio con sujetador de copas reforzadas, tan de los sesenta, con tu pelo pelirrojo, ahuecado como un panal con olor a laca -"Esta tarde"-. Llegaba del colegio con las ganas de pan con chocolate, el aroma de las rebanadas empapados en vino y miel me ponía una sonrisa en la boca.
Tardes ya tibias, algún día de viento desagradable. La abuela me llevaba a aquella tienda con un alto mostrador de madera, al menos a mí me lo parecía, muy alto. Estrecha y profunda, con un par de bombillas amarillentas en una penumbra que aliviaba de la deslumbrante luz de la calle, de la cal de las paredes, cayendo desde un cielo tremendamente celeste. Me medían la frente con un metro de esos amarillos, como de tela, y me preguntaban si quería el capirote con badana o simple.
Por aquel entonces las comidas de Cuaresma tampoco es que fuesen mis favoritas. Las espinacas con garbanzos, entonces yo no lo sabía, pero lo preguntaba, aquello era comino, pimentón, tus espinacas, mamá, eran picantes, como tus caracoles y hasta tu gazpacho, venías de un mundo de especias y salazones, de mucho condimento para aderezar lo que a veces no eran carnes ni pescados de los caros.
Me encantaba ver los lomos de bacalao, tan blancos después de que los tuvieras un tiempo en agua, para quitarles la sal, me decías. Y preparabas un tomate que tenía tropezones, de pimientos, de cebollas, del mismo tomate no triturado del todo, no como los de ahora, de bote. Me hacía gracia que se llamase "el chino" ese resplandeciente aparato metálico, un cono lleno de agujeritos, y te pedía que me dejases darle a la manivela para ver cómo salía por los orificios el tomate hecho puré -"Venga, que es tarde. Que ya va a estar aquí tu padre y tengo que hacer la comida"-. Y veía a la abuela preparando la masa de las tortillitas del mismo bacalao, pero hecho miguitas.
Me encantaba el puchero, blanco y con fideos gordos, o con arroz. De los cocidos coloraos el que más el de habas y guisantes, también el de calabaza y judías verdes, el que menos el de acelgas, el de coliflores era raro, no estaba mal. Pero lo que más me gustaba era el cascote, garbanzos, chicharros y arroz, todo junto. Pero en el tiempo de antes de Semana Santa, los viernes los garbanzos venían solos en el plato, potaje, con unas tajaditas de bacalao, hay que ver, bacalao en tantas cosas.
Por la noche, cuando me acostaba, me quedaba mirando la túnica recién planchada, colgada de una percha detrás de la puerta, para que no se arrugara. Con un dobladillo muy grande, para ir echando un poquito cada año. Sobre ella, la capa color hueso, con el águila negra de dos cabezas sobre un hombro. La capa de lana de oveja merina.
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