La ciudad y los días

carlos / colón

Macabros anacronismos

Apropósito de la reciente y tradicional exposición del cadáver incorrupto (forma piadosa de denominar a las momias) de un popular personaje histórico, cuyo nombre me reservo por respeto y cariño a la orden que lo custodia, permítaseme sugerir a las autoridades eclesiásticas que se pregunten si no va siendo hora de dejar cerradas las urnas que guardan estos desdichados cuerpos tan maltratados por la muerte y el tiempo. Se les puede rezar lo mismo, e incluso con mayor devoción, sin verlos; o con sus restos ocultos por una mascarilla, como sucede con la santa más querida de Sevilla. Y lo mismo se puede aplicar a los altares adornados con huesos, tan del gusto de capuchinos y jesuitas, de los que alguno queda en Sevilla que contradice con la exhibición ósea la honda serenidad de la portentosa imagen que custodia. Aunque afortunadamente carecemos de horrores comparables a las criptas capuchinas de Roma o Palermo.

El culto a las reliquias pertenece a otras épocas y otras formas de devoción y hasta de mercadeo, que los dineritos que dejaban los restos hacía que se los disputaran pueblos, ciudades, conventos e iglesias como si fueran carroñeros. Ya Teodosio, en el siglo IV, tuvo que prohibir los traslados de cuerpos de una ciudad a otra y el comercio con reliquias; y San Agustín lo denunció y condenó. Pese a ello el comercio con reliquias llegó a ser tan escandaloso que el IV Concilio de Letrán (1216) se vio obligado a prohibir su venta porque "frecuentemente se ha censurado la religión cristiana por el hecho de que algunos exponen a la venta las reliquias de los Santos y las muestran a cada paso". Lo que no impidió que autoridades civiles y religiosas se los disputaran o que los cadáveres de quienes morían con fama de santidad se mutilaran para repartirse sus restos. El cuerpo de mi muy querida Santa Teresa de Ávila, como el de otros santos, fue descuartizado para repartirse sus miembros y órganos. Si fue la piedad fanatizada o el afán por explotar sus restos la responsable de esta barbaridad da igual: en cualquier caso se trata de dos cosas aborrecibles que más vale olvidar.

Cosas antiguas sin interés para casi nadie, lo sé. Pero que siguen dando una imagen macabra del cristianismo. Nada tradicional o devocional se perdería si se dejaran piadosamente cerradas las urnas y se deshuesaran los altares. La devoción no supersticiosa a los santos incluye el respeto a sus restos.

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