Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
LOS cupcakes han tomado la pantalla. Divinity, el canal femenino de Mediaset, programa los fines de semana con éxito el contenedor no apto para diabéticos Delicious, en el que se incluyen programas como Cupcake Maniacs (de la gurú de estos pequeños pastelitos empalagosos en España, Alma Obregón), Charly y la fábrica de pasteles y Supertartas de boda, entre otros. El último hallazgo de la cadena para subirnos el nivel de azúcar (ni que decir tiene que también los kilos) es Guerra de cupcakes, un espacio que aúna el MasterChef más yanqui con las recetas de nuestra endulzada Alma Obregón. Un binomio que nos despierta auténtica gula a la hora de la merienda.
Con el dulce premio de 10.000 dólares en mente, cuatro expertos reposteros se enfrentan en una batalla culinaria entre fogones, moldes y mangas de crema pastelera en busca de la magdalena más excéntrica. Y, claro, un polémico jurado resulta indispensable. En este caso formado por Candance Nelson, propietaria de la famosa tienda Sprinkles Cupcakes de Beverly Hills, y Florian Bellanger, chef francés y copropietario de la firma pastelera MadMac, entre otros. Ellos se encargarán de mediar en este ring entre pasteleros con ganas de endulzar la vida de los espectadores.
A partir de un tema elegido por el programa (el aniversario de una película, una competición, el estreno de un musical, etc.) los participantes pasan por tres rondas en las que la dificultad se va incrementando: primero, crean una receta de cupcake en el que lo más importante sea el sabor. Con un concursante eliminado, pasamos a la segunda fase, en la que deben preparar tres cupcakes. Y así llegamos a la gran final, más estética, en la que los dos concursantes que queden deben elaborar (con ayuda de los carpinteros del programa) un expositor dedicado a la temática del día en el que lucirán un millar de cupcakes que cocinarán en tiempo récord.
El secreto de un concurso tan simple en formato como chillón en su puesta en escena es, precisamente, esto último: el preciosismo, es decir, que resulta bonito de ver. La cocina, desde luego, es una de las actividades más placenteras para ver en televisión y si se trata de dulces, la apuesta es segura. Sólo por los colores ya nos entran ganas de hincarles el diente. Además, los cupcakes, tan de moda en los últimos tiempos, se convierten aquí en auténticas joyas gastronómicas, cocinadas con los ingredientes más curiosos (también salados) y decorados de forma increíblemente bella. Otro punto a favor del entretenimiento es que, al tratarse de un concurso, la competición y la estrategia animan el desarrollo. Pero copiar las recetas resulta prácticamente imposible. Igual que en MasterChef.
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