La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Monchi, aquel estudiante de Derecho

Demostraba algo poco común en su gremio: tener ambición intelectual y pensar en el futuro más allá de una etapa efímera

Era un futbolista poco conocido, guardameta suplente que salió repetidamente en televisión por efecto de unas bromas sin gracia de un canal emergente de entre los privados. Hoy es el rey Midas del sevillismo, el club que se pasó décadas sin ganar absolutamente nada, más allá de trofeos veraniegos (Estella, Carranza, Colombino, etcétera). Unas semifinales de Copa del Rey fueron el logro más importante durante años. No pasaba nada. Al Sevilla y a la selección española se les seguía con el corazón, no con la estadística. Acudir al Sánchez Pizjuán garantizaba el perrito salchicha con chorreón de mostaza o kétchup de botes comunes que hoy no pasarían una inspección sanitaria. Todo era más sencillo. Las banderas tenían palos y el debate era sobre el tercer extranjero en las filas de los equipos, muchos de los que ahora parecen una escuadra de la ONU. Ni el Sevilla de Dassaev ni el de Maradona han dado tantos alegrías y triunfos rotundos como el de Monchi al frente de la dirección deportiva. Aquel portero suplente deambulaba por las aulas prefabricadas de la Universidad de Sevilla donde se estudiaba Primero de Derecho en los años noventa. Nunca estaba en clase los lunes, siempre pedía los apuntes de las clases perdidas. Siempre con prisas. Era raro que un futbolista compaginara los estudios de una licenciatura con su profesión. Ha habido pocos casos, entre ellos el de Emilio Butragueño. El caso es que demostraba entonces una elevada inquietud poco común en su gremio: tener ambición intelectual y pensar en el futuro más allá de una etapa necesariamente efímera. Quizás esas virtudes y un buen ojo han deparado un éxito que conoce escasos precedentes. No, no fue casualidad aquel primer trofeo obtenido en Holanda con el que comenzó una década prodigiosa. Ni es una casualidad la final que el Sevilla disputará el viernes. Hace muchos años que el club presidido por Luis Cuervas inició una etapa bautizada como la del Sevilla de la ilusión. No se ganó nada, pero con el paso de los años llegaron éxitos que supusieron un estado de sueño del que la afición rojiblanca no se ha despertado. La planificación, el abandono de posiciones cortoplacistas, la apuesta por equipos y no por estrellas concretas, el trabajo y la pizca de suerte que se necesita en toda tarea fueron fundamentales para que no sólo se levantaran los perritos salchichas del descanso, sino trofeos, ánimos, fervores y orgullo. Monchi siempre fue distinto. Su éxito llegó al dejar el fútbol como guardameta. Y siempre encontraba quien le prestara los apuntes.

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