La ciudad y los días

Carlos Colón

Papel caliente

EN verano los quioscos huelen a Capitán Trueno. También, según los recuerdos, edades y gustos de cada cual, a Hazañas Bélicas, El Jabato, DDT o Pulgarcito. Y a novelas de José Mallorquí o Marcial Lafuente Estefanía. Papel caliente de tebeos y novelitas que eran, junto a los cines de verano y los pocos de invierno que tenían refrigeración Baviera (los otros eran criaderos de chinches), los lujos que alegraban los largos veranos sin veraneo. Papel caliente de los quioscos de verano, celdas de madera cuya tortura, multiplicada por el revestimiento de periódicos, revistas y tebeos, sólo era aliviada, y no siempre, por un ventilador chiquito que obligaba a poner piedras o trozos de losas sobre los periódicos para que el poco viento ardiente que producía el chirriante artefacto no los revoleara. Nos acercábamos a su ventanuco de medio punto con la misma ilusión que a los de las taquillas de los cines, porque ambos eran fronteras entre la realidad y el ensueño, lo conocido y lo por descubrir, la rutina y la aventura.

Pero dentro del quiosco, ¿qué temperatura se alcanzaría en las horas del mediodía, cuando el quiosquero abría su abollada fiambrera de aluminio y todo el puesto olía al azafrán y el laurel de las papas en amarillo? A esas horas el tebeo que nos daba el desdichado estaba tan caliente como el pan del horno de la calle Alcázares que acabábamos de comprar. Nunca se me ocurrió pensar que el quiosco que era mi felicidad pudiera ser su tormento. Los niños no caen en esas cosas. Y entonces las penalidades estaban bien repartidas. Si el suministrador de felicidad dibujada se asaba en su quiosco, asadas encontrábamos en la cocina chisporroteante de pimientos fritos a nuestras madres y abuelas cuando subíamos de la calle, asados llegaban del trabajo nuestros padres, asados comíamos sólo aliviados por un ventilador y asado leía en las interminables horas de la siesta, tumbado bocabajo sobre la calentona solería industrial, el tebeo cuyo papel seguía casi igual de caliente que cuando salió del quiosco.

Así, unos leyendo, otros durmiendo y alguno dormitando entre largos suspiros en la butaca, se pasaba la siesta en el claroscuro del piso mientras abajo, en la calle azotada por un sol despiadado, el hombre del puesto de melones roncaba echado sobre unos sacos vacíos y el quiosquero daba una cabezada en la modesta hamaca de su silla echada hacia atrás hasta quedar sobre dos patas. Por eso en verano los quioscos huelen al papel caliente de los tebeos de aquellos veranos sin veraneo que fueron, así son las cosas, algunos de los mejores de nuestras vidas.

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