Azul Klein

Charo Ramos

chramos@grupojoly.com

'Parásitos'

Sus hijos le hablaron de una película coreana que podía darle algunas claves para afrontar su despido

Un par de años antes los mendigos comenzaron a dormir en los soportales y raro era el día en que ella, la limpiadora de la comunidad, no encontraba cristales rotos, colillas, cartones. También defecaban allí o en una esquina del patio ocultada por varias kentias y costillas de Adán que habían crecido mucho al sol de Sevilla, eran macetas que los vecinos que se marchaban del bloque dejaban tras de sí como recuerdos de un tiempo tal vez próspero o luminoso, o en todo caso como reliquias de unas habitaciones más amplias que las que contendrían su nuevo hogar. Ojalá hubieran servido de abono a las plantas pero nadie hubiera entendido que ella no retirara cada mañana aquellas cacas.

Como nunca le subieron el sueldo por tener que limpiar todos esos excesos rezaba por que se ocuparan los locales vacíos de los soportales ya que eso significaba que los nuevos arrendatarios se encargarían de despertar a los indigentes antes de abrir sus puertas al público o se afanarían por desinfectar las losetas y esquinas a la mañana siguiente, volviendo a pasar la fregona y acaso el zotal por donde ella ya había trasegado.

Pero ahora es ella la que se marcha, y tiene que hacerlo sin avisar ni despedirse de los vecinos que le daban los buenos días al cruzarse casi de madrugada porque la nueva empresa de limpieza que va a sustituirla (un ejército de muchachas eficientes con uniforme, jóvenes, resilientes y distantes) no quiere que se llame la atención. Ojerosa, despeinada, lleva varias semanas, tal vez meses, desde que se lo comunicaron, haciendo de tripas corazón para ir a su puesto de trabajo sin que nadie note que ella se siente una apestada, una candidata a dormir algún día en otros soportales, y que su salud se resiente conforme se acerca a los sesenta años.

Hace unas semanas sus hijos le hablaron de una película coreana que podía animarla o darle algunas claves para afrontar su situación. La vio con ellos y la ha trastornado. Sus hijos, que volverán a verla una tercera vez pero en versión original, sienten que Parásitos la ha empoderado.

Así que en su última semana de trabajo antes de salir por la puerta trasera comienza a hablar, a desahogarse con el primero con que se cruza, ya sea un inquilino veterano o un cliente de alguno de los despachos instalados en el bloque, y conforme articula una palabra tras otra el dolor del pecho que siente desde hace ya no sabe cuánto tiempo se le afloja. "Le dirán que yo no trabajaba bien, que me negaba a limpiar los soportales, pero no es por eso. Comencé a coger otros trabajos, a lavar sábanas de apartamentos turísticos, a estudiar. No soportaban que yo quisiera elevarme por encima de la mierda".

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