Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
Desde hace muchas décadas, la introducción de nuevos materiales para el pavimentado de calles y plazas de Sevilla va restando brillo y color a los suelos tradicionales. Así, los apagados adoquines graníticos de Quintana de la Serena en Badajoz, con baja proporción de cuarzo y alta de mica, muy erosionables, sustituyen en las calzadas del centro histórico hispalense a los irisados y resistentes granitos de Gerena. Igualmente, las losetas extremeñas y las prefabricadas de cemento hidráulico no deben entregar al olvido las nobles losas calizas de Tarifa -frecuentes en los compás de los conventos- que circundan desde antaño la Catedral y el Archivo de Indias, y que permanecen en numerosas zonas peatonales del Barrio de Santa Cruz. En el mismo sentido, no son una alternativa deseable a los evocadores ladrillos de barro cocido empleados en los primeros solados de la ciudad a finales del siglo XIV, que tapizan calles de la judería y plazuelas como la de Doña Teresa Enríquez o la del Cristo de Burgos. Asimismo, no han de suplir al luminoso mármol de la plaza del Duque y de la Nueva o a los sugerentes cantos rodados que cubren la de Doña Elvira y la de la Alianza.
Una piedra caliza de gran atractivo, usada en nuestra urbe desde tiempos más recientes, es la procedente de Sierra Elvira en Granada. Es una roca originada a lo largo de cientos de millones de años en las profundidades marinas por la sedimentación y fosilización de estructuras calcáreas de pequeños animales invertebrados, pues esas regiones sureñas se encontraban bajo las aguas en épocas pretéritas. Las brillantes losas de Sierra Elvira pueden disfrutarse en las plazoletas del Museo y de la Gavidia, siendo muy representativas de algunos enclaves de la judería como las plazas de las Mercedarias y de los Refinadores o las calles San José y Santa María la Blanca, armonizando en el acerado de estas vías con deslumbrantes bordillos de caliza dorada de Macael. Muestran unas hermosas pátinas grisáceas con reflejos amarillo-verdosos que conjugan con la esencia de una ciudad apasionada, refinada y con un latiente sustrato multicultural.
Una de las características inherentes a Sevilla desde hace siglos ha sido su espléndida gama de colores en pavimentos, casas y monumentos. Sería interesante recuperar e incentivar el uso de materiales constructivos y decorativos atávicos que le dan prestancia: la ornamentación cerámica y la aplicación en fachadas de la vibrante cal teñida de ocre amarillo albero -calamocha- o de rojo almagre, así como la reutilización en sus suelos de adoquines de Gerena, ladrillos, mármoles, cantos rodados y calizas. Todo ello, acompañado por el colorido y el aroma de árboles con raigambre en nuestra tierra, nos devolverá el hermanamiento con ciudades inmortales como Venecia o Florencia, huyendo de simplificaciones extremas que pueden convertirla poco a poco en una más de las metrópolis sin personalidad diseminadas por el mundo, sin trazos de historia, sin arte, sin alma...
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