La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Peligran las colectas y algunas barras de bares

La Expo nos dejó las colas y la pandemia el uso de pagar con tarjeta hasta el café y las mesas altas empotradas contra las barras

Pago con tarjeta

Pago con tarjeta / M. G. (Sevilla)

De los meses de la Exposición Universal se que nos quedó la costumbre de hacer colas. Cerró la Muestra y seguimos haciendo colas como los tontos continúan cuando la linde se acaba. Ahora se ve a gente esperando para comprar un décimo de lotería en la administración de la Avenida, una caja de mantecados en la tienda de la calle Cuna o en la de la Cuesta del Rosario, o para coger mesa en una restaurante de la Alcaicería de la Loza, lo cual provoca cierta angustia cuando ves a una familia cenar bajo la presión directa, directísima, de los que aguardan de pie. De esta pandemia nos están quedando ciertos usos la mar de curiosos por sus efectos. Pagamos con tarjeta hasta los cafés para manipular lo menos posible billetes y monedas antihigiénicos. No llevamos calderilla encima. Cuando no pagamos directamente de teléfono a teléfono con el bizum.

¿Quién sale perdiendo? La Iglesia. Fíjense las poquitas personas que echan monedas cuando llega el momento de la colecta. O espabilan los curas ofreciendo el número para hacer la microtransferencia o se pierde la fuente de ingresos de la misa dominical. Hay que ser muy disciplinados para tener previstas monedas o el billetito de cinco euros para el cepillo.

¿Y qué me dicen de las barras de la bares? ¿En cuántos establecimientos han dejado las mesas altas empotradas contra la barra a pesar de que hace tiempo que se puede usar la susodicha con toda normalidad? Pregunté a un ilustre tabernero con varias décadas al frente de un negocio y me dio la clave: “Es una forma de fomentar el cliente de mesa, que se supone que gasta más”. Eso huele que espanta también a maniobra para ahuyentar al sevillano de cerveza y aceitunas para agasajar al turista de sangría y raciones.

Ocurre que se nos ha quedado un centro de la ciudad al ralentí, a media luz, de nuevo triste a pesar de las luces del árbol de cuarenta metros que nos ha dejado el alcalde como hito de sus seis años en el cargo. Hay demasiados comercios y bares despoblados a la caída de la tarde en jornadas que debían ser de elevado consumo. Pareciera que estamos sufriendo un adelanto de los días empinados de enero. Hay miedo por las cifras de contagiados, que no por las de ingresados ni mucho menos por la de los muertos que, gracias a las vacunas, no son preocupantes. Si así de tristes son estos días previos a las pascuas, más vale que se reactiven las colectas y que los contagiados, al menos, sigan sanando en casa. Porque no hay crisis económica de la que se salga sin gastar.

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