el periscopio

León Lasa

Perritos y crisis

La frágil prosperidad económica nos hizo pensar que también podíamos mimetizar los usos de nuestros vecinos del norte

DURANTE un lapso de tiempo que ahora se nos antoja breve y efímero creímos que, a pesar de nuestras apariencias de ranciofacts, podíamos equipararnos en todo a noruegos, alemanes o suizos. La frágil prosperidad económica basada en el arrasamiento de parajes únicos y en el cemento, el mortero y las construcciones cutres, nos hizo pensar que también nosotros, por qué no, podíamos mimetizar las conductas y usos de nuestros vecinos del norte, ese envidiado estilo de vida que veíamos en las series de televisión, en las películas de cine o que nos contaban aquellos pocos privilegiados que hacían viajes al extranjero. Del botijo en la puerta de casa pasamos a viajar a Cancún y volver con trencitas, de la partida de dominó en el bar del pueblo a conocer qué significaba un hierro siete en golf, y de poner lechuga a la jaula del jilguero a imitar al príncipe de Edimburgo en Balmoral paseando un par de chuchos por la periferia de nuestra ciudad. Excentricidades todas que la democratización de supuestos privilegios nos llevó a dar por supuesto que todos podíamos acceder a ellas, fueran cuales fueran nuestras circunstancias. Hoy, con el vendaval que padecemos, los viajes al extranjero han descendido en picado y hay quien opta por pasar el verano echando la persiana y enchufando el ventilador, los clubes sociales ven cómo disminuyen sus socios y las protectoras de animales se quejan del abandono masivo de los canes.

Recientemente, una voluntaria de la asociación Arca de Noé, se quejaba en estas páginas de la ineptitud con la que bastantes dueños de animales domésticos afrontaban el cuidado de los mismos, y de que, por desgracia, sobraban en nuestras calles muchos perros y gatos. Sus palabras, viniendo de alguien tan concienciado, se me antojan reveladoras. En los últimos 10 años hemos asistido a una verdadera inflación de animalitos sin los cuales parecía no estar completo el kit de la familia modélica. A mi alrededor vecinos cercanos y lejanos comenzaron, en un ejemplo de adaptación social, a adquirir cachorros de las más variadas especies, como si ello les dotara de un prestigio del que van a adolecer siempre. Esos perros defecan en las calles, ladran sin cesar durante la madrugada y molestan a transeúntes, pero no se queje usted: la solidaridad, el respeto, eso lo dejamos, en nuestra caraja mental, para las tribus del Amazonas. Importamos costumbres, pero no el civismo de otras latitudes. Para colmo, muchos de esos animales, cuando su dueño desempleado no puede mantenerlo, terminan abandonados en una gasolinera. Sus dueños son, en el más amplio sentido de la expresión, unos verdaderos irresponsables. En muchos casos, además, unos maleducados.

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