Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

¿Presunción de qué...?

EN la percepción social, la presunción de inocencia está estrechamente relacionada con la naturaleza de las pruebas que apuntan la culpabilidad. Cuando en un caso los testimonios y datos son concluyentes, la presunción de inocencia -siempre a salvo en el sistema de garantías legales- se derrumba por la sentencia de la opinión pública. La presunción de inocencia no dejó de acompañar en vida a Pinochet, por ejemplo, como a tantos condenados por el tribunal de la historia.

El juez José Castro, que instruye el caso Matas, ha sido muy expresivo ante las pruebas abrumadoras y la estrategia defensiva del que fuera ministro de Aznar, al interpretar que pretendía "burlarse de los simples mortales". El comentario, que no sería objeto de crítica en un escenario ajeno a la política, ha producido cierto resquemor entre destacados correligionarios [hasta hace unos días] de Matas, los mismos que semanas atrás proponían un pacto contra la corrupción y apelaban a la tolerancia cero frente al delito en la vida pública.

Cuando lo que dice un periódico no gusta, se mata al mensajero. Ahora parece que se ha abierto la veda de los jueces y si su actuación, en un sistema polarizado, toca a alguno de los nuestros, ya se sabe que estamos ante una persecución orquestada… Una forma de desprestigio de las instituciones extremadamente peligrosa.

En su día, causó alarma que quien estaba llamado a dirigir la lucha contra el delito -el tal Roldán- fuera un destacado delincuente. Como ahora causa sorpresa que quienes pretenden dictar criterios confesionales de moralidad para la acción de la política hayan amparado, con su silencio, las situaciones aberrantes que estos días denuncia la prensa mundial, seguramente obra de otra persecución orquestada… Expresiones, en fin, del denostado subjetivismo por el que, sin distinción de castas, afloran las miserias.

Cuando los políticos, los jueces, los periodistas o, incluso, los clérigos se adscriben al juego polarizado de las banderías, y es difícil acercarse a la piel de la verdad con el sentido purificante de la crítica y el consenso, la corrupción, los cacicatos y el desprecio a la soberanía popular seguirán empobreciendo nuestra débil cultura democrática. ¿Con qué autoridad pueden predicar ejemplo quienes aplican, sin disimulo, la doble vara de medir intereses, según se trate de los propios del clan o los generales del país? La ética se sustituye por la manipulación, la reducción de la política a consignas de cancha y a esa burla de "los simples mortales" de la que habla el juez que instruye el caso Matas. Y aquí no hay presunción de inocencia que valga.

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