Editorial

Rajoy, Sánchez y los pactos

DEL encuentro celebrado ayer en la Moncloa entre el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, lo primero que cabe decir es que ha tardado mucho. Han tenido que pasar diez días desde las elecciones del 24-M para que el presidente y el líder de las dos primeras fuerzas políticas nacionales hayan decidido reunirse para examinar el panorama político derivado de los comicios, abiertamente distinto al anterior y marcado por el retroceso del bipartidismo que ambos personajes encarnan (ahora reúnen el 55% de los votos emitidos, cifra insólita en la política española desde el inicio de la transición democrática). Alguna fuente ha advertido que los dos dirigentes no hablaron ayer de los pactos pendientes en la mayoría de las comunidades autónomas y los principales ayuntamientos del país, y tampoco de la investidura en la Junta de Andalucía, con un Gobierno en funciones desde hace meses y una situación que empieza a ser insoportable. Creemos todo lo contrario: cualquier análisis de la situación política que realizaran en Moncloa Rajoy y Sánchez, compartido o no, ha tenido necesariamente que incluir, sea como toma de contacto o principio de negociación formal, el asunto de los pactos, exigidos por la principal característica institucional del escenario derivado del 24-M: la pérdida generalizada de las mayorías absolutas que salieron de las urnas cuatro años atrás. A buen seguro que los dos dirigentes persiguen garantizar la estabilidad de ayuntamientos y comunidades autónomas y que de lo que se trata es de encontrar puntos de encuentro en esta tarea, a sabiendas de que los presupuestos de partida son diferentes: para Rajoy lo importante es que Sánchez no alcance alianzas con organizaciones antisistema que han logrado éxitos y posiciones de fuerza en numerosos lugares, mientras que Sánchez pone el acento en la voluntad de cambio expresada por los ciudadanos en las urnas y en el propósito del PSOE de liderar los nuevos tiempos anunciados por el sentido de la votación del 24-M. Los dos coinciden, no obstante, en reconocerse como interlocutores privilegiados por su condición de garantes de la estabilidad y alternativas de gobierno. Lo congruente sería algún tipo de acuerdo global que, con el menor daño posible para los intereses mutuos, permitiera abstenciones recíprocas que permitieran gobernar a unos y otros y alejaran de la política española la desaconsejable tesitura de dejar el papel fundamental a los partidos emergentes, siempre prestos a extraer beneficios exagerados de su posición de bisagra entre los dos grandes partidos. En los próximos días comprobaremos si se ha producido algún acercamiento en esta dirección, la mejor para el interés general.

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