Acción de gracias

Reencuentro

Hubo un momento en que pensé que estaba a salvo, que ellos, mis amigos, también eran mi casa

No sé si esto les ha ocurrido también a ustedes, pero durante este año largo que llevamos de pandemia yo me replegué, construí en mi casa una suerte de refugio contra la adversidad -dejé durante un tiempo de ver las noticias, para que el dolor del entorno no calara en mi ánimo- y dediqué mis energías a actividades más o menos solitarias: los libros, las películas, la cocina, todo lo que proporcionara algún consuelo en esa etapa extraña que afrontábamos. Yo era afortunado, en ese espacio seguro tenía una pareja que me acompañaba, que compartía conmigo y hacía más llevadera la incertidumbre, y quizás por eso cuando se levantó el confinamiento, cuando la vida volvió a permitir las relaciones sociales, no sentí la urgencia de reencontrarme con los otros. Por prudencia, por miedo a ser portador del virus sin saberlo y contagiar a quien se cruzara en mi camino, evitaba las reuniones, pero lo hacía también porque mis días se habían acompasado a otro tempo, a un silencio íntimo que contemplaba con pereza el ruido del exterior. Y a medida que pasaban las semanas, cuando puntualmente quedaba con alguien, advertía con temor que mis habilidades sociales se habían anquilosado, como articulaciones que ya no frecuentaban el paseo: me notaba descentrado para seguir conversaciones sin perder el hilo, más torpe para mantener una charla y encadenar frases con sentido. ¿Les sucedió también? Yo, que tanto había disfrutado del contacto humano -que tanto lo había necesitado, precisaría-, que adoraba la liturgia de abrir una botella de vino y abrir al mismo tiempo el corazón a quien bebía conmigo, apreciaba de repente un muro, una incomunicación, una distancia. Estos meses, concluía, habían transformado mi carácter, y mi figura era ahora la de un ermitaño, una especie de monje que se encontraba más cómodo recluido.

Hace unas semanas, esa tensión comenzó a relajarse, cuando me escapé un fin de semana con mi pandilla a un pueblo de la serranía de Ronda. Desde las navidades de 2019 no coincidía con tantas personas, y por eso acudí a aquella estancia en la casa rural que habíamos alquilado con cierta prevención. ¿Qué podía aportar a los demás, me preguntaba, alguien como yo, que había estado encerrado en sí mismo, que no había vivido en este largo paréntesis más que una tímida revolución interior? Por fortuna los contornos de ese eremita que arrastraba conmigo se fueron difuminando. Mientras nos sentábamos a la mesa o nos bañábamos en la piscina, entre bromas y confidencias y debates, la inseguridad que albergaba se disipó. Hubo un momento en que pensé que estaba a salvo, que ellos, mis amigos, también eran mi casa. Y de golpe recobré una certeza, otra forma de fe: claro que sigo necesitando, a mi lado, a la buena gente.

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