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Reflexión sobre la final de Copa

El mayor error fue que los servicios públicos no estuvieron a la altura de las circunstancias

Hoy sale la gabarra por la ría del Nervión, en Bilbao, para festejar la Copa del Rey que ganó el Athletic. Todavía colea la final. Y recordemos que no será la última en La Cartuja. Las cinco últimas se han disputado allí. Y la de 2025 se jugará en ese estadio, según el acuerdo por cuatro temporadas, ampliado en dos más, al que llegaron la Junta de Andalucía y la Real Federación Española de Fútbol. La final anterior al acuerdo, la de 2019, también se disputó en Sevilla, en el estadio Benito Villamarín, y la ganó el Valencia por 2-1 al FC Barcelona. A partir de entonces, La Cartuja se convirtió en el estadio de la final de Copa. Todo lo cual ha sido para bien (un chaparrón de millones para los hoteles, restaurantes, bares y comercios de Sevilla) y para mal (servicios desbordados). La diferencia de este año es que vino más público.

En las últimas cinco finales disputadas en La Cartuja, el Athletic de Bilbao ha participado en tres, aunque sólo ha ganado la de este año. En 2020, perdió una final vasca con la Real Sociedad por 1-0. En 2021, perdió por 4-0 frente al FC Barcelona de Messi. En 2022, el Real Betis ganó la final en los penaltis al Valencia, siendo la única en que ha participado uno de los clubes sevillanos en esta década. En 2023, el Real Madrid se impuso por 2-1 al Osasuna.

Como se ve, hubo finales más atractivas. Un Athletic de Bilbao-Mallorca, a priori, era la menos interesante de todas. Excepto para los bilbaínos y los mallorquines, claro. Los seguidores del Athletic viajaron como favoritos. Y por eso vinieron unas 70.000 personas y la liaron parda. La fan zone no resuelve nada. Miles de aficionados se concentraron en el barrio de Santa Cruz y los alrededores de la Giralda.

El 80% o el 90% de los hinchas del Athletic que acudieron a Sevilla eran personas correctas. Siempre está el cupo de indeseables que perjudican a casi todos los clubes, pero en general hubo bastante deportividad dentro y fuera del estadio. El viernes y el sábado estuvieron llenos (y a precios de Feria) los hoteles de cuatro y cinco estrellas, los restaurantes y bares más afamados, y vendieron bastante en los comercios. No todo el público era mochilero. En Bilbao, el nivel de renta es más alto que en Sevilla y se notó en el gasto.

El mayor error fue que los servicios públicos no estuvieron a la altura de las circunstancias. Sobre todo, faltaron urinarios. Sólo se instalan para la Semana Santa, como si la gente no tuviera esas necesidades en otras fechas. Cualquier ciudad estaría deseosa de acoger lo que Sevilla recibió el pasado fin de semana. Pero fallaron los servicios y lo sufrió la ciudad.

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