Puntadas con hilo

María José Guzmán

mjguzman@grupojoly.com

Revisando tópicos

Hay barrios que están faltos de fe en Dios y también en la política y eso merece otra misión

Sevilla cuenta desde este verano con una nueva marca, una identidad renovada con la que se presenta dentro y fuera. Al margen del debate sobre su oportunidad y resultado, sólo el proceso de construcción, donde participaron numerosas personas de dentro y fuera de Sevilla, merece la pena.

Decía Esteban Ruiz, un sevillano que triunfa en el mundo con la música electrónica, que "Sevilla es una señora mayor con mucha laca, sentada en la Campana, viendo un paso de Semana Santa mientras que por detrás le está pasando el progreso a 150 kilómetros por hora". La frase provoca la sonrisa y retrata a una Sevilla dual, varada y eterna, incapaz de seguir avanzando.

Pero de entre todas las definiciones que se recogieron me quedo con una de la periodista Mercedes de Pablos, que apuntó que lo más deslumbrante de la ciudad es precisamente "esa tensión entre tradición e innovación, ese equilibrio inestable entre los guardianes y los renovadores de las esencias". Porque yo también creo que se trata de un antagonismo que enriquece y que da lugar a una tercera vía que revisa los tópicos. Entre la Sevilla de la señora con laca y la del músico de vanguardia hay otras muchas Sevillas. Y lo mejor de todo es que todas pueden convivir en un mismo espacio en armonía y sumando.

Y todas esas Sevillas se han podido ver juntas y en orden el pasado fin de semana en el histórico traslado del Gran Poder al barrio de Los Pajaritos. Bien desfilando o emocionándose al paso de la imagen o bien con más o menos indiferencia, pero sobrecogiéndose y celebrando la felicidad de otros desde el balcón de las redes sociales.

La santa misión ha tratado de acercar una de las devociones más universales de la ciudad a una zona deprimida y falta de fe. En Dios y en más cosas. Con independencia del mensaje evangelizador, el acontecimiento brinda la oportunidad a todos, incluidos los políticos, de derribar tópicos y conocer las historias que se esconden detrás de esos bloques-cárceles con ropa tendida que pasean el nombre de Sevilla por los telediarios con la bandera vergonzante de ser los más pobres de España.

La misión debería también servir para curar a los impíos que perdieron su fe en la política, a los que llevan décadas sufriendo el abandono de las administraciones y de la sociedad y que el único milagro que conocen tiene nombres y apellidos, los de los trabajadores sociales y voluntarios que sacan a flote a diario a muchas familias. Eso sería el mejor de los triunfos.

Ha tenido que ir el Gran Poder a esos barrios para que los focos apunten hacia ellos y ha tenido que ir también gente de intramuros para descubrir que entre el brillo y la mugre hay muchas tonalidades. Todas son Sevilla. La luz poderosa de la ciudad a veces ciega y la función de los políticos es equilibrarla. Como reza la nueva marca, hay una Sevilla muy famosa y otra muy desconocida pero, sobre todo, hay una que sabe esperar como nadie en la cola, con paciencia infinita. Y eso también alimenta nuevos tópicos que urge revisar.

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