¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Río bueno, río malo

Hoy, el Guadalquivir sigue siendo el río por el que llegan a Sevilla no pocas satisfacciones y frustraciones

Nunca sabemos muy bien cómo interpretar esos azulejos que marcan la altura que alcanzó el agua durante una determinada riada, como los que se encuentran en la esquina de la Alameda y la calle Santa Ana, referidos a las inundaciones de 1796 y 1961. ¿Son una muestra más de la presunción sevillana, que se recrea hasta en sus desastres naturales? ¿O son una vanitas fluvial, un recordatorio de que río somos y al río volveremos? Personalmente optamos por la segunda, porque, aunque pertenecemos a una generación en la que el Guadalquivir que pasa por la ciudad no es más que un caño cercenado en San Jerónimo, una de esas momias a las que tan aficionados somos los sevillanos, también hemos hablado alguna vez con Fernando Díaz del Olmo, geógrafo perito en las inundaciones pasadas y futuras. Él fue quien nos dijo que en las intensas lluvias de 1996 "faltaron diez minutos para que hubiese una debacle en Sevilla".

Al contrario de los madrileños, que han desarrollado una brillante tradición de insultos al escuálido Manzanares, los sevillanos, más dados al amor local, no hemos ahorrado ditirambos a nuestro padre Betis. Algunos cursis y sonrojantes, otros acertados y hermosos. Quizás el más airoso de los piropos lo escribió un madrileño de raza, Lope de Vega, quien al compás de seguidillas exclamó en conocidos versos: "Río de Sevilla, ¡cuán bien pareces/ con galeras blancas/ y ramos verdes!". Es leerlo y darnos ganas de ir a La Puebla del Río a tomarnos un arroz con pato mientras vemos a los cargueros pasar con su oxidada majestuosidad camino de la esclusa, la puerta de la ciudad atlántica. Este amor de los sevillanos por su río se deba quizás, quién sabe, a la misma gestación de la ciudad. Al fin y al cabo, la vieja Ispal nació en un cabezo a salvo de las crecidas del Guadalquivir, formando junto a Coria y Alcalá del Río un emporio portuario fenicio por el que nos entraron el culto a las mujeres diosas y cierto gusto hortera por el lujerío oriental.

Hoy, el Betis sigue siendo el caudal por donde nos llegan satisfacciones y frustraciones. Estos días lo hemos visto en las páginas de los periódicos. Por una parte, el río es el gran obstáculo que impide cerrar el anillo de la SE-40, y el Gobierno de Sánchez, como antes el de Rajoy, nos marea con cifras e informes que no son más que meras excusas para marginar un proyecto que la sociedad civil sevillana no ha sabido exigir con la debida firmeza. Por el otro, un grupo de emprendedores quiere desarrollar Metrorio, un revolucionario sistema de comunicación fluvial que ayudaría a desatascar la movilidad en el área metropolitana. La ingeniería de caminos, canales y puertos, como bien demostraron Pastor y Landero, Moliní o Delgado Brackenbury, siempre ha servido para mejorar la vida de los sevillanos, que seguimos teniendo algo de anfibios marismeños.

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