Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Salta, Rober

SALTA a la vista es un concurso de azar más que de intuición y ojeo psicológico. Lo forman escaparates de Identity en movimiento, con acertijos de falsas apariencias con los que las parejas de concursantes tienen que aliñar con comentarios y caras de sorpresa. Identity, precisamente, fue uno de esos aceptables pasatiempos que TVE terminó carbonizando en un puñado de meses. Ya sólo en Saber y ganar los participantes pueden limitarse a responder, escudados en rictus de nervios y camisetas astrosas. En el resto de concursos que van desparramándose por las parrillas se exige que los concursantes se muevan, hablen, rían, sientan, transmitan e incluso aguijoneen a los de casa. Se ganan a pulso los dinerales y los bolsillos vacíos.

El último juego de la tarde de Cuatro, relevo de las infumables cajas de un Jesús Vázquez en declive total, es una evidente criatura de Telecinco: plató grande, ande o no ande, mucha luz y mucha gente y Roberto Vilar en proceso de adaptación. El presentador gallego, con un indisimulable acento de su patria, procede de la autonómica del Finisterre, donde hasta ahora conducía el show de entrevistas y humor Land Rober.

Este Rober es un tipo simpático, tiene ganas de agradar e incluso deja jugar y lucirse a todo lo que le rodea. Salta a la vista no es otra cosa que una galería de figurantes que con sus enigmas invitan a jugar a los del sofá, sin más complicaciones, porque esa es la intención, además de buscar el soporte de todas las marcas que entren. No están los tiempos para apurar boicots. En este juego los concursantes disponen de una cifra de dinero inicial que va menguando según los fallos. Van perdiendo mientras ganan lo que pueden. Buena ilustración de estos tiempos, donde pasa ante nosotros una fila de personajes que, mientras suben y bajan, se llevan todo el saldo delante de nuestras narices.

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