Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
En estos momentos de especial sensibilidad, atacados por una pandemia y con el miedo a la guerra, buscamos imágenes y palabras que nos acaricien las heridas. Salimos al encuentro de personas y melodías que nos acompañen. Y Sevilla, repleta de belleza, de historia y de luz, de monumentos y personajes, de reyes y santos, de héroes y villanos, tiene todos esos espacios. Y posee rincones que pasan desapercibidos y, sin embargo, alcanzan niveles sublimes de categoría por su señorío y generosidad; lugares que se desarrollaron en el pasado en lo que fueron arrabales de miseria, hierros, polvo y barro. Barrios con mujeres y hombres con la heráldica de su grandeza esculpida en las cicatrices de sus manos y en un encallecido corazón.
Uno de esos extrarradios hispalenses es el de San Jerónimo, nacido con la llegada del ferrocarril en 1861 en lo que fue la estación del Empalme. Alrededor del aquel tendido ferroviario, se prodigaron en los años 30 del siglo pasado las primeras industrias repletas de vida y de brazos jóvenes que se asentaron en un cruce de caminos y sentimientos, pobreza, ausencia y carencias. Un lugar limitado por las enormes infraestructuras ferroviarias, el río Guadalquivir y el majestuoso cementerio de San Fernando. Un núcleo que se fue transformando con la energía de sus obreros, convirtiendo las chabolas y los patios en casas y pisos de entre 30 y 70 metros cuadrados.
El barrio de San Jerónimo no está, por lo general, en las rutas turísticas de la ciudad de Sevilla, a pesar de su histórico monasterio, ni por el espectacular paseo fluvial que tiene junto al Río Guadalentín, ni por su parque, presidido por la monumental escultura El Huevo de Colón.
Los palacios, casas señoriales, las iglesias repletas de arte, de imaginería y de religiosidad, los espacios históricos que acompañan los recorridos de los visitantes por Sevilla, no están en este barrio. Y eso, a pesar de residir en esta zona la grandeza de España. Una nobleza que se reparte entre los obreros de la Fasa-Renault, muchos de ellos viejos jubilados, como mi amigo el granadino, hospitalario y bondadoso, de Puerto Lope, Paco Ávila o Pepe Molina, que salido de Cantillana conoció por primera vez la luz eléctrica y el agua potable a sus 20 años y junto a ellos y antes que llegaran ellos, antiguos y viejos ferroviarios, propietarios de los comercios de toda la vida, como el de la familia Segura o emprendedores como el accitano (de Guadix) Fernando Moreno, que da trabajo a sus vecinos y recupera su pasado en publicaciones con fotos sacadas de las viejas cajas de cartón.
Los lugares de encuentro de sus gentes se sitúan en los bares y en las peñas deportivas, en la de San Jerónimo, en la sevillista o en la del Demo, en las que se puede hablar o leer, a la vieja usanza, la prensa o donde reír y disfrutar, abriendo un hueco en su mesa y en su corazón a los que, como yo, llegamos a este barrio.
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