ENTRE diciembre y enero, esa época de vacas gordas en las taquillas, el cine español se volatiliza. Coincide esta desaparición con los titulares que aluden a él. Que si la cuota de pantalla ha subido este año gracias a Woody Allen y a Soderbergh, que si en los Goya no hay riesgo, pero a la hora de la verdad uno mira a la cartelera y ve poca cosa.

Los dos últimos estrenos con producción nacional, Prime time y Su majestad Minor, se han dicho y escrito cosas muy feas. Las más feas que se han dicho y escrito en mucho tiempo. Ahora nos queda la cuesta de enero con La mujer del anarquista, que ya vimos en Valladolid y tiene todos los defectos de una coproducción que quiere y no puede, y quien avisa no es traidor; Retorno a Hansala, Chus Gutiérrez en vena, y El juego del ahorcado, un Gómez Pereira en clave de thriller. Que eso sea todo lo que van a dar de sí estas fechas en las que tanto nos gusta regresar a las salas, da a entender la escasa planificación.

El consuelo es pensar que el 2009 viene fuerte. A partir de marzo, no antes. Con Los abrazos rotos. Con un Festival de Málaga que va a subir la media de calidad de los últimos años. Con Gordos (Arévalo). Con Castillos de cartón (García Ruiz). Con La vegRuenza (Planell). Y Mapa de los sonidos de Tokio' y Agora, sendas excelencias', tras la rentreé del verano. Sin olvidar al excelso Felipe Vega que vuelve con Elogio de la distancia, Isaki Lacuesta con Los condenados y Mercedes Álvarez con la propuesta de Tierras bajo un sol invernal favorable.

Que en un año se junten diez películas españolas dignas de estar en una lista de las mejores es ahora mismo un suceso. Eso nos compensa la sequía de ahora. Pensar en lo que ha de venir. Saber que vamos a vivir un 2009 de cine español de altura.

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