La lluvia en Sevilla

Sevilla 'queer'

Son noticia dos figuras indómitas, cada una a su modo y por motivos distintos: Nazario y La Esmeralda

Antes, mucho antes de que aquí tomáramos prestada la palabra queer para reivindicar a las identidades sexuales o de género que no se ahorman "a lo que está mandao", Sevilla era auténticamente queer. A duras penas, como siempre pasa, pero lo fue. Entiendo queer, que significa "extraño", "raro", "poco usual", en su versión recolonizada, despojada del matiz despectivo y en su más amplio sentido: en nuestros barrios convivimos desde antiguo con personas que no visten como mujeres pero tampoco como hombres, o que cada vez van como les place; o travestidas o transexuales... Curioso, entre los más mayores es mucho más común el caso de quienes, siendo de sexo masculino visten de mujer, que a la inversa. El celuloide oculto¸ magnífico documental sobre el tratamiento de la homosexualidad en las pelis de Hollywood, lo explica perfectamente: a ojos del patriarcado, un hombre vestido de mujer se degrada, se vuelve inferior y, por tanto, es posible acogerlo, "tolerarlo"; en cambio, una mujer vestida de hombre -piensen en Marlene Dietrich- impone, adquiere autoridad, se vuelve altiva, adquiere atractivo (la erótica del poder), por lo que sólo se soporta un ratito. Después del show, por favor, se me viste otra vez de señorita.

Que Sevilla haya sido queer de siempre no significa que esto sea la panacea. (Insisto, empleo el término queer en su sentido más amplio, es decir, como una gran no-etiqueta). Aquí, como en otros tantos lugares, se ha practicado la "tolerancia" propia de quien mira por encima del hombro, de quien en el fondo considera a las y los queers personas ladeás dignas de conmiseración, y es por eso que dan pena lo mismo que hacen gracia. Las sevillanas "no decirle mariquita que tiene un nombre también" se las trae; por querer enmendar la homofobia se cae de boca en ella. Nuestros queers de toda la vida, o bien han sido algo así como "redimidos" por los biempensantes en una ilusión de asexualidad, y se han quedado literalmente para vestir santos y asistir a la madre; o bien han quedado al margen, dicho sea también literalmente, justo en la línea en la que es posible contemplarlos como una especie exótica, pero sabiendo que están fuera. En todo caso, las clases populares siempre han sido más abiertas que los tradicionales guardianes de la moral.

En estos días son noticia dos figuras indómitas, cada una a su modo y por motivos distintos. El gran Nazario, a quien el CAAC le dedica una retrospectiva (a su arte y ejemplo le debemos el gran alivio que supone saber que aún quedan artistas en libertad) y La Esmeralda, cuyo fallecimiento ha hecho revivir su recuerdo. No es mal momento para revisar nuestro trato, lleno de luces y sombras, con quienes no se amoldan a las ideas fijadas sobre el género y la sexualidad.

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