La lluvia en Sevilla

Sevilla a su ritmo

Me pregunto cuánto más resistirá el ritmo propio y gloriosamente mutante de esta ciudad

Será que me tiene atónita el cambio de aire -se dice así en la terminología musical- de estos días de septiembre, en los que hemos pasado del larghissimo de finales de agosto al vivacissimamente, pues llevo dos artículos seguidos reflexionando en torno al tempo. Septiembre de 2021 está siendo especialmente ajetreado. Nos están haciendo regresar a desde el tempo lento del verano hacia la vieja normalidad, que resulta tan anómala como la nueva. Cuando, de mañanita, relatan los atascos por la radio, una se aferra al tazón de leche y patalea por no salir a semejante jungla motorizada. No sé por qué, el tráfico en Sevilla parece más colapsado que nunca. A la agenda de la ciudad también se le ha dado un buen arreón. Ha llegado el momento de abrir la caja de los eventos pospuestos, de aquí a nada tenemos Feria del Libro, y ya nos están empezando a dar noticias sobre el apogeo navideño y las fiestas de primavera. Mi paseo del sábado pasado por la noche lo hice pegada a la pared, esquivando despedidas de solteras. Comienzo a sospechar que hubo quienes no pisaron La Maestranza pero sacaron a pasear las almohadillas. El bullicio era más que prepandémico. No recuerdo haber visto antes largas colas para entrar a los bares de El Arenal. A la mañana siguiente, la ciudad dormitada sumida en un silencio resacoso.

Sostengo que las ciudades -las ciudades a las que todavía se les puede llamar ciudad y no "mostrenco informe idéntico a cualquier otro de cualquier lugar de Occidente"- tienen un ritmo único y propio. Incluso -añadiría Sophia de Mello-, si una se queda inmóvil y en silencio en ciertos lugares, podrá escuchar el canto que en sí mismo el aire contiene. He podido percibir ese ritmo propio de cada ciudad, ese movimiento genuino que tanto tiene que ver con la vida, en ciudades como Nápoles, Fez, La Paz, Krasnoyarsk, Montería… y también en Sevilla. Hay ciudades a las que la aceleración y el despilfarro no les ha arrebatado -aún- su propio ritmo y movimiento. Pueden sonar más apresuradas o menos, pero conservan un ritmo suyo, y no el que marca este caldo globalizado donde, a ese paso, con tanta homogeneización de los lugares y no-lugares, la ropa, los cuerpos y los caretos, vamos a acabar por no tener ni idea de dónde estamos ni de quiénes somos. El ritmo de cada lugar no es agua quieta, se transforma, deriva, se amalgama… El problema viene cuando una ciudad, por acompasarse con los tiempos, queda desacompasada de sí, pierde su propia referencia, su verdadera libertad. ¡Cuántas veces han querido ridiculizar nuestro paso, la fluidez con la que transcurren aquí los mejores días! Me pregunto cuánto más resistirá el ritmo propio y gloriosamente mutante de Sevilla. La arritmia de la usura, el consumo voraz y la turistificación es una lava que arrasa lo que sea.

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