Sueños esféricos

Juan Antonio Solís

Simeone

CUMPLIÓ Simeone 150 partidos de Liga con las riendas de su Atlético de Madrid bien asidas. Lo festejó en Los Cármenes ganando, como es su costumbre desde que relevó a Manzano en aquella Navidad de 2011 que tan buena nueva llevó a la sufrida afición colchonera. El Atleti suma 1.200 victorias en la historia del campeonato. Un 47% de sus partidos. Y con Simeone en el banquillo, ese porcentaje de triunfos ligueros se eleva hasta un 62,7%.

Categóricas cifras, que a veces no son tan frías como reza el tópico: nada puede ser frío cuando hablamos de Simeone, que ha labrado su merecidísimo prestigio a golpe de corazón, hirviendo la sangre del vestuario hasta el punto de ebullición que otros sólo sueñan: si el Cholo pidiera a cada miembro de su infantería que se tirara de cabeza a un pozo, todos lo harían sin preguntar por qué.

Hablando en plata, su fanático método se resume en una Liga, una Liga Europa, una Copa, una Supercopa de Europa, una Supercopa de España y un subcampeonato de Champions.

La imagen, el sello, el carisma, no quedarán impresos en los libros estadísticos como esos títulos. Pero sí en la memoria de los aficionados. Porque fue inolvidable la metamorfosis del Atlético en los albores de 2012. Pocos casos tan rotundos en el fútbol moderno revelan la trascendencia de un entrenador en la actitud colectiva de un equipo. Esta temporada ha pasado algo similar, salvando las distancias, en la Bundesliga. El Borussia Mönchengladbach perdió sus cinco primeros partidos con Lucien Favre al mando y desde que Andre Schubert tomó las riendas, ocho victorias -incluida la de ayer ante un Bayern que estaba invicto- y dos empates. Esclarecedor.

Si un equipo juega sin colmillos, o si encaja un gol cuando aún no ha roto a sudar, algo de culpa tiene su entrenador. No lo digo yo. Lo dice el Atlético de Simeone cuando juega.

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