La tribuna

José Ignacio Enríquez

De Siracusa a Rothschild

CUANDO se habla de austeridad, nos referimos a reducir el déficit público y evitar que la deuda pública continúe en ascenso en relación al Producto Interior Bruto. La deuda española venía de un 80% sobre PIB hace tan sólo cinco años, hasta el actual 100% sobre PIB. El criticismo sobre esta política de austeridad se sustenta en que hay que optar por medidas orientadas al crecimiento real, no al nominal, que es aquel alcanzado por el simple transcurso del tiempo, la inflación y los cambios contables o estadísticos.

Sobre la inflación, de la que ya está casi todo dicho y también calculado, simplemente recordemos el aforismo del Nobel de economía M. Friedman, "inflation is taxation without legislation". Pocas palabras definen tan bien un concepto tan antiguo como el decreto emitido por Dionisio de Siracusa, el cual, apremiado por sus deudas, decretó que debían entregarle todas las monedas en poder de cada ciudadano bajo pena de muerte. Fueron de nuevo entregadas a sus ciudadanos con su nuevo valor doblado estampado en el anverso. La ingeniosa solución permitió no sólo redimir las deudas, sino ajusticiar a los defraudadores y generar una reactivación del consumo y bienestar. Más recientemente, hace poco menos de un siglo, Alemania, acuciada por sus deudas y las reparaciones de guerra no tuvo otra opción que devaluar el marco hasta niveles irrisorios (carretillas de billetes literalmente hablando se canjeaban como pagarés…).

Una vez puestos en perspectiva, permítanme que contemos con el comodín del público descrito en el párrafo anterior para descender en las profundidades abisales de los actuales niveles de deuda, déficits y etc., de manera que como en el cervantino coloquio de los perros tengamos siempre presente que en economía, como en la vida misma, todo es posible y todo tiene solución; es tan sólo cuestión de tiempo.

Los actuales niveles de deuda estatal alcanzan cotas superiores a las del pasado en cualquier país del mundo a día de hoy; sin embargo, los tipos de interés de los bancos centrales de todos los bancos mundiales están en niveles mínimos y continúan a la baja. No es momento de subirlos, produce apreciación inmediata en la divisa correspondiente al banco central que los sube y eso no es bueno, ni para Dionisio de Siracusa ni para sus actuales contemporáneos. Al mismo tiempo, la bajada de impuestos, de precios de combustibles y demás imprescindibles en nuestras vidas permitirá, más tarde o más temprano, generar inflación, que tanta falta nos hace piensan en voz alta Friedman's followers.

Con esa inflación podremos nuevamente poner en marcha la rueda del mundo que tan bien nos había funcionado como generador de consumo y producción, hasta que nos entró arena en los engranajes de dicha rueda dentada y la rueda dejo de funcionar, produciéndonos una sensación de miedo y en algunos casos incluso pánico que quedo felizmente reparada cuando entendimos el significado del término overcapacity, sobreproducción o sobrecapacidad. Una vez nuestras vidas vuelvan a desarrollarse en el espacio natural inflacionario, donde … hoy vales más que ayer pero menos que mañana…, será el momento oportuno de subir los tipos de interés gradualmente, aunque abandonemos a Siracusa, Varufakis o a cualquiera que se interponga en nuestro camino. Subir el precio del dinero será excelente, permitirá volver a tiempos pasados donde las políticas monetarias permitían dejar inactivas las políticas fiscales; los doctorandos del profesor Friedman saben muy bien cómo aumentar la recaudación fiscal dejando a un lado los impuestos. ¿Me siguen desde el primer párrafo?

Corría el año 1812 cuando Mayer Rothschild falleció; en nuestra querida España por aquel entonces la capital estaba en Cádiz y ya teníamos Constitución. Un concepto como con el que me despido a continuación escrito en ese latín de nuestros días que es el idioma inglés recogía la herencia clásica de Siracusa: "Permit me to issue and control the money of a nation, and I care not who makes its laws". Mayer Rothschild 1744-1812.

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