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Teoría de la Feria

De acuerdo con su origen burgués, la Feria nunca ha perdido el tipismo como seña de identidad

Aunque no lo parezca, la fiesta más conservadora de la ciudad es, sin duda, la Feria. Si la Semana Santa es la celebración del pueblo en toda su extensión con el corazón de la ciudad tomado por masas de gente que vienen desde todos lados, y que a lo mejor no vuelven a pisarlo el resto del año, la Feria es un recinto cerrado tomado por una parte de la ciudad durante una semana, que no es lo mismo. Hasta su origen burgués y agrario del XIX la delata. Al contrario que otras ferias y fiestas, la de Sevilla es una fiesta de fronteras, de vanidades a flor de piel, de terrenos bien marcados donde cada personaje tiene bien aprendido el papel y lo representa con indisimulado afán.

Como fiesta conservadora que es, prima lo individual frente a lo colectivo, y la alegría se manifiesta en círculos cerrados impermeables a lo ajeno donde la celebración tiene su punto intimista, apenas violentada por la mirada curiosa de los desconocidos que miran desde más allá del cancelín verde las casetas. Por eso molestan tanto las novedades que los gobiernos municipales cada cuando quieren introducir sin hacer mucho ruido, no se despierte la fiera costumbrista que todos llevamos dentro. Este año ha sido el escenario con música para todos a la espalda del ferial, como una entrada mala de gol sur, que no ha tenido demasiado recorrido: la gente no traga con alternativas verbeneras. O la caseta para guiris, como si los cuatro alemanes que pululan como zombis cámara en mano fueran a quitarnos la esencia de la fiesta.

La Feria tiene su pausa, y sus tiempos. Aquí los de abajo copian a los de arriba, y no al revés, y soterradamente se ha venido tejiendo todo un reglamento silencioso de normas y modos, no escrito, que por momentos acercan la fiesta (flamencas, sol, jinetes, carruajes…) casi a un rito pagano. De acuerdo con su origen burgués, la Feria nunca ha perdido el tipismo como seña de identidad, ese punto presumido y orgulloso del que nada tiene que aprender, porque casi todo es heredado. Sus críticos dirán que es una fiesta de orden, y hasta tienen razón, pero es que de otra forma no sería la Feria, sería otra cosa.

Este año además, cuando medio Madrid está de resaca y parece que llevamos ya dos semanas allí, tampoco nadie ha protestado demasiado, en el fondo porque aquí más que el tiempo lo que importan son las formas. ¿Hay algo más conservador que todo esto?

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