Luis Carlos Peris

Torero salido del túnel del tiempo

Jaime Ostos. Mirándose en el espejo rico en aventuras de Ignacio Sánchez Mejías se hizo figura del toreo a sangre y fuego · La cornada de Tarazona fue un antes y un después en su trayectoria

VIENE a esta galería de toreros con historia un hombre que en estos momentos es muy conocido por cuestiones que nada tienen que ver con el toreo. Por tanto, que venga Jaime Ostos a este espacio tiene carácter pedagógico. Conviene que tanta y tanta gente como lo conoce por su estrambóticas apariciones televisivas sepan que en un tiempo ya lejano fue una gran figura del toreo, un torero de una vez, valiente a carta cabal, honrado y con dos o tres percances que lo pusieron al otro lado de la vida.

Valor sin tregua, entrega total vestido de luces, así fue Jaime Ostos Carmona, natural de Écija y torero macho por sus cuatro costados. Nació en la Ciudad de las Torres el 8 de abril de 1933 en el seno de una familia acomodada, pero pronto se le despertó la vocación aventurera, primero como aspirante a piloto de aviones y después a torero, todo entre la estupefacción de sus padres.

Desde que debuta de novillero en la Maestranza impresiona el valor sincero con que disimula sus carencias técnicas y artísticas. No se deja ganar la pelea por nadie y cuando monta la espada nadie duda que va a tirarse materialmente en el morrillo del toro.

Debutó en Sevilla en una novillada de Felipe Bartolomé el 5 de julio de 1953 en compañía del mexicano Miguel Ángel y de Andrés Luque Gago. Esa tarde se entretuvo Jaime en cortar tres orejas y a partir de ahí se le abrió un crédito vitalicio en la Maestranza que él se encargaba de renovar a base de valor cada vez que embocaba la calle Iris con su capote de paseo al hombro.

Ostos comienza a cortar orejas en su primera Feria, que fue la de 1957, y así se lleva hasta la del 62, en la que se proclamó triunfador indiscutible. En esta Feria, el astigitano, llevado de ese afán de triunfo que sacó de la cuna, le hizo pasar una humillación a Santiago Martín El Viti, que hacía su debut. Era el martes de Feria y se lidiaba una corrida de Alipio Pérez Tabernero para Jaime, Diego Puerta y El Viti. El salmantino no acababa de ver a su primer toro con el capote y como un tornado entró Jaime en escena para pegarle media docena de lances y rematar con media en la boca de riego y la montera colgada de uno de los pitones.

Así se las gastaba Jaime, al que ya por entonces le había dedicado Gonzalo Carvajal uno de sus acertados apelativos, el de Jaime Corazón de León. Antes, en la Feria del 57 y recién tomada la alternativa, Ostos le pega un repaso al portugués Paco Mendes en la primera corrida y al mismísimo Ordóñez en la segunda. Toca pelo también en la siguiente y se queda fuera de la Feria dos años seguidos para pegar el gran zarpazo en el 62. Como dato singular hay que reseñar que Jaime Ostos sería el primer torero retransmitido por televisión en directo desde Sevilla. Fue el 30 de abril de ese año de 1962 y con toros de Arellano y Gamero Cívico acompañaron a Ostos Curro Romero y Paco Camino.

Una cornada en Toledo el Domingo de Ramos lo deja fuera de la Feria del 63 y unos meses más tarde, el 17 de julio, lo pone al borde de la muerte un toro de Ramos Matías en Tarazona de Aragón. La clarividencia de Ángel Peralta al pellizcar el cabo de femoral descendente posibilitó que Jaime llegase con sangre a la enfermería; luego, el doctor Val Carreres haría el resto para que no se perdiera no sólo al torero, sino una pierna que a día de hoy sigue pasándole la factura de Tarazona.

Estuvo sin torear más de medio año y reapareció en la Feria de Sevilla en una sola corrida, como para probar que el valor no se le había escapado femoral abajo. Se anunció en la de Benítez Cubero con Manolo Vázquez y Paco Camino para, vestido de verde mar y oro, cortarle las dos orejas a uno de sus toros.

Hay que hacer hincapié en que la carrera taurina de Jaime Ostos tiene un antes y un después de Tarazona. Esa plaza aragonesa fue punto de inflexión para que las cosas cambiasen. Audacia y valor sin mesura hasta ese fatídico 17 de julio del 63 y una mejor técnica con la cabeza mejor amueblada después del destrozo que el de Ramos Matías había hecho en uno de los muslos de Jaime Corazón de León.

Guadianescamente llega a la Feria del 80, que va a ser la última en su carrera. Dos tardes torea ese año en Sevilla, el Domingo de Resurrección en una de Bohórquez con Ángel Teruel y Manolo Cortés, más otra el jueves de Feria para matar una corrida de Torrestrella con Paquirri y Ángel Teruel. Pero ya las cosas no eran como antes, pues las innumerables cornadas habían hecho mella, por lo que ese 25 de abril de 1980 sería la última vez que Jaime hacía el paseo en la Maestranza.

La última vez sevillana de una carrera bañada en sangre, rica en altanería y en un valor sin tacha, con un sentido de la competencia como salido de tiempos pasados, de cuando la Fiesta no entendía de gestos versallescos sino de marchosería y ganas de pelea. Con Jaime era impensable esos besos que hoy se dan los toreros en el patio de caballos. Él se miró frecuentemente en el espejo del padre de su apoderado José Ignacio, en aquel Ignacio tan gran torero en la plaza y tan buen serrano en la sierra, nada que ver con Karmele y la compaña.

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