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Trasvase de identidades

La ministra gala Maracineau pone al descubierto que las identidades fijas y excluyentes son inventos interesados

En una entrevista en el diario Le Monde, del pasado 30 de septiembre, Roxana Maracineau, ministra de Deportes en el actual Gobierno francés, daba cuenta de una experiencia personal que merece difundirse. Abandonó Rumanía, con su familia, a los nueve años y fue acogida en Francia. Tras una brillante dedicación profesional, dirige ahora la política deportiva de este país. Pero lo más resaltable de sus palabras reside en la naturalidad con la que asume el tránsito entre sus nacionalidades. No manifiesta ni nostalgia ni resentimiento de la Rumanía de sus orígenes. Aquellos nueve años forman parte integrada de su vida y cultura: la ayudaron a comprender y a situarse mejor en su nueva tierra. Es más, ella deduce que la confluencia de estos dos mundos (lenguas incluidas) han potenciado sus capacidades. Nunca se ha visto obligada a elegir, sino a desarrollar su doble apego. Y, explica en el periódico, que este trasvase fluido, de un a otro, ha dado a su vida, "una fuerza impresionante".

Se pone así, de nuevo, al descubierto que las identidades fijas y excluyentes son inventos interesados. Cualquier supuesta identidad se puede complementar, diluirse o licuarse, según la orientación, uso o abuso que se hace ella. Hay identidades (signifique lo que signifique, esta palabra-comodín) que, al coincidir, se acumulan, fructifican y se convierten en plataformas de convivencias más ricas. Hay otras, por el contrario, que son utilizadas para contraponer, generar diferencias y odios. Por eso mismo, las identidades cerradas, ensimismadas, han caído en lógico descrédito, al estar tan expuestas a manipulaciones de los profesionales de turno. Casos como el de Roxana Maracineau -que se repiten tanto, en estos momentos, en la política francesa- ofrecen un ejemplo muy pedagógico para España. Cada uno puede cultivar los signos y formas de identificación que le resulten más afines. Pero eso no debe considerarse una esencia imposible de eludir. Una cultura identitaria viene, en parte, dada, pero no se trata de una horma definitiva. Y siempre la voluntad electiva de la persona cuenta. Como muestra esta ministra que supo aceptar el destino forzado de su familia, para transformarlo en una elección propia que le ha permitido mantener conectados sus orígenes rumanos y su posterior quehacer político en Francia. Sin olvidar que todos esos trasvases los lleva a cabo con la ilusión de estar, además, construyendo una idea de Europa que incluye y supera sus otras pertenencias.

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