Juan Antonio Solís

jasolis@diariodesevilla.es

El VAR de dos velocidades

El uso excesivo y fallido del videoarbitraje alienta la trampa en la Liga, no tanto en Champions

MENDILÍBAR, a diferencia de la mayoría de entrenadores, que se escabullen de las ruedas de prensa bajo lugares hechos con un molde, sí que ofrece jugosos titulares. El último, este fin de semana: “En la Liga somos una banda de tramposos. Nos tocan y parece que nos han matado”. Una de esas frases que deja un silencio grave en la sala. Y a ver quién contradice al entrenador del Eibar.

Futbolistas taimados siempre los hubo, los hay y los habrá en todos los campeonatos. El problema del fútbol español radica en que LaLiga, a causa de la fiebre escrutadora del VAR, se ha convertido en una suerte de Academia de Hollywood que en cada jornada reparte estatuillas doradas a las mejores interpretaciones. En el fútbol de la hora cotiza más la habilidad para el engaño que la habilidad para colarla en la escuadra. La habilidad para centrar desde la banda al área a media altura, buscando un brazo imprudente, aun inocente e irrelevante, o para convertir un levísimo pisotón o una mano blanda en la cara en un décimo de Lotería premiado.

Ayer en el Camp Nou, el cadista Salvi se tiró a tapar un centro de un barcelonista desde la izquierda y la pelota, tras darle en el costado izquierdo y salir rebotada en dirección contraria a la portería, rebotó en su brazo. La jugada no admitía medio segundo de interés. Y aun así, González Fuertes, el árbitro de VAR, avisó a Martínez Munuera y se llevó un minuto escudriñando la impune acción.

En España, el juego está empezando a orbitar sobre el VAR, un coñazo que interrumpe como si fuera fútbol americano. En las áreas reina la psicosis y el defensor que no guarde los brazos y se mueva como un pingüino es un incauto. El VAR es bueno si es excepción. Lo vimos en la Champions. Donde González Fuertes escudriñó de forma absurda, el holandés Kuipers, ante el PSG, le había dicho al Barça días antes que no gastaba medio segundo en una mano inocua. Ahí la diferencia.

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