¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Viaje a la Cruz del Campo

Durante todo el trayecto llevaba en la cabeza los cuadros de Domínguez Bécquer o David Roberts

Estimulado por las fotos que recibo de los periplos veraniegos de los amigos, decido aprovechar la fresca atardecida del martes para emprender un viaje a pie hasta el templete de la Cruz del Campo. Quiero que sea un viaje demorado y despreocupado, a la que saltare, como Cela en la Alcarria, pero también con aprovechamiento científico, cultural y espiritual. Al fin y al cabo el objetivo es un humilladero mudéjar, cuya autoría unos endosan a la cofradía de los Negros y otros al corregidor Diego de Merlo. Vaya usted a saber, como suelen decir los caminantes más sabios.

Para ir desde el Porvenir escojo una ruta sombreada, que empieza al cobijo de los brachichitos de Felipe II, sigue por ese gran túnel de tipuanas que es Alcalde Juan Fernández, gira en la gran acacia de tres espinas del bar Nebrissa (nombre que pide luces rojas) y continúa por los naranjos, olmos y palmeras de Marqués de Nervión, el cardo máximo de este barrio construido sobre los antiguos terrenos del cortijo Maestre Escuela. Finalmente, un giro a la derecha en el ya anticomunista Asador Aranda y el templete estará a un tiro de piedra. Alguien, que no seré yo, debería escribir un soneto al gran ciprés que hay en el jardín de este templo a la diosa proteína, el hermano golfo y desconocido de ese otro que dormita frailunamente en Silos.

El primer trecho el camino, cuando las piernas aún están frías y perezosas, lo hago despreocupadamente, hablando por teléfono y pensando en mis cosas. Pero cuando cruzo Ramón y Cajal por las casas baratas de Aníbal González, saco el alma ilustrada y me pongo a escrutar con curiosidad de entomólogo el caserío de Marqués de Nervión. Y es que esta calle es una suerte de catálogo de las mil soluciones que el genio humano le ha dado al problema de la vivienda: hermosas villas regionalistas con cientos de capas de cal, humildes casas terreras que hoy nos parecen mansiones, pequeños chalets estilo docomomo y con murales cerámicos de abstracción geométrica, pastelitos típicos con rejería de filigrana, zarpazos de desarrollismo en forma de colmena… Ya escribiré en su día sobre Marqués de Nervión y la fantasía humana, pero el viaje debe continuar.

Durante todo el trayecto llevaba en la cabeza la iconografía habitual de la Cruz del Campo, con cuadros como los de Domínguez Bécquer o David Roberts, donde el tráfico de los semovientes es demorado y los hombres visten como Curro Jiménez. Hoy, como ya sabíamos, no queda nada de aquel tipismo de la primera oleada turística, pero el viaje ha merecido la pena. Como nos enseñaron Machado y Cavafis, lo de menos es llegar. Aunque esté acosado por adefesios arquitectónicos y veladores de dudosa etiqueta, la vieja Cruz del Campo bien merece una oración.

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