La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

¡Viva la economía sumergida!

El sentido del humor nos blinda, pero nos acomoda. La gracia nos hace simpáticos, pero nos estigmatiza

Los cuarenta años de autonomía han generado prosperidad para Andalucía, pero no la suficiente. Nos cuesta un mundo aumentar puestos en la clasificación de las regiones europeas. Tenemos que esforzarnos el triple para conseguir la mitad que cualquier región ultradesarrollada del centro de Europa. Sufrimos un índice de paro que en otra parte del mundo provocaría una crispación social cotidiana con tendencia frecuente a la violencia. No hace falta aburrir con fríos porcentajes de sobra conocidos, pero sí es de justicia, no sin ironía, dar las gracias a la bendita economía sumergida que junto al denostado PER han permitido la paz social. Ni los acuerdos de concertación de la patronal con la Junta en tiempos del Möet Chandon, ni la industria aeronáutica. Aquí se mantiene el orden por los jurdeles que hay bajo tierra. El PER generó mucha picaresca, cierto, pero también funcionó. Y tenemos que ser realistas. Si Felipe no apuesta por el AVE en su momento, estaríamos todavía soportando las siete horas del Talgo para ir a Madrid. Quien lo probó, lo sabe. No nos debe consolar que haya regiones menos desarrolladas que Andalucía, como es el caso del sur de Italia. La indolencia nos protege, pero actúa muchas veces como un freno de mano. El sentido del humor nos blinda, pero nos acomoda. La gracia nos hace simpáticos, pero nos estigmatiza interesadamente. Las estadísticas nos hunden en muchos conceptos. Más valdría contar con la economía sumergida como una vía de desarrollo válida. Sería lo más práctico, fiel reflejo de la realidad. Está muy bien recordar la deslumbrante etapa del Descubrimiento de América y la obra de Velázquez, Murillo, Machado y otros andaluces ilustres que son timbre de gloria de nuestra historia. Pero algún día deberíamos aspirar a que la estadística reflejara un desarrollo superior, lo cual supondría quizás acabar con esa economía que fluye por aguas subterráneas. Después de cuarenta años todavía tenemos que seguir esperando a que alguien nos levante. No nos engañemos. El campo pierde trabajadores y el manido cambio del modelo productivo tarda en llegar más que ciertos autobuses de línea. No se trata de ser pesimistas, pero sí de tener claro que deberíamos haber logrado más, mucho más, tras cuatro décadas siendo dueños de nuestro destino. La historia demuestra que pudimos, pero también enseña que los pueblos que la tienen son como los hijos de casas ricas: se tiran en el sofá a vivir del cuento. Se dedican a hilvanar ripios cantando hazañas pretéritas mientras esperan que alguien haga las camas.

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