En tránsito

eduardo / jordá

Whatsapp

ESTAMOS en una reunión, charlando, cuando uno de nosotros mira el móvil y lee el último whatsapp que ha recibido: "Fulanito está en Matalascañas con un pibón". Todos sonreímos y seguimos a lo nuestro, comentando la suerte de Fulanito. Pero me llama la atención con qué facilidad hemos adoptado los peores hábitos de los chismorreos pueblerinos, o peor aún, los métodos de trabajo de la policía secreta de un régimen totalitario. ¿A quién le interesa lo que haga fulanito con su vida privada? ¿Y por qué tenemos la necesitad de comunicar a los demás lo que acabamos de descubrir sobre él? ¿Y por qué nos prestamos a seguir a los demás y a espiarlos y a difundir unos hallazgos que en realidad no interesan a nadie? Se supone que vivimos en una sociedad libre y desprejuiciada, y que además está orgullosa de sus conquistas sociales y de sus avances en cuanto a la libertad personal. Y si es así, ¿por qué nos dedicamos a resucitar los peores hábitos de las sociedades cerradas en las que todo el mundo mete sus sucias narices en la vida privada de los demás?

Lo digo porque mucha gente cree que tener Whatsapp supone una especie de liberación personal, cuando en realidad ocurre más bien lo contrario. Porque el Whatsapp nos hace vivir en un estado permanente de vigilancia con respecto a las vidas de los demás, al mismo tiempo que nos somete a esa misma vigilancia por parte de todos los que conocen nuestra existencia. Y eso, se mire como se mire, es una derrota personal y quizá también una catástrofe social. Y ya sé que el Whatsapp es muy útil para trasmitir información urgente o para conocer el paradero de alguien a quien nos interesa localizar. Eso es indudable. Pero hay determinados aspectos de nuestra vida que deberían ser considerados tabú. A nadie -a no ser un demente o un chantajista- le interesa saber lo que hacemos en el supermercado o en los bares, o cuando salimos a cenar o cuando nos vamos a Matalascañas. Es cierto que todos somos curiosos y que a todos nos interesa mirar por el ojo de la cerradura y ver qué está pasando al otro lado de la puerta. Eso forma parte de la naturaleza humana. Pero una sociedad saludable, una sociedad que no esté enferma, debe dejar de espiar a los demás por el puro placer del chismorreo o por la necesidad malsana de demostrar que se conocen determinados aspectos de las vidas ajenas. Aunque nos parezca divertido, todo eso nos convierte en carceleros que a su vez están siendo encarcelados por los propios presos a los que vigilan. Una pesadilla.

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