La ventana

Luis Carlos Peris

En el adiós al más imitado de este país

CON nadie como con Jesús Hermida se daba lo de bienaventurados mis imitadores porque de ellos serán mis defectos. De la voz impostada se pasaba al más ridículo engolamiento del que se miraba en su espejo para hacer carrera. Posiblemente, el fenomenal comunicador onubense haya sido el personaje más imitado de nuestro país, pero no me refiero a esos cómicos que triunfan con la caricatura, claro que no. Lo digo por la enorme cantidad de prosélitos que se agarraron a la anécdota de cómo arrastraba las eses o a sus contorsiones en pantalla olvidando que el secreto de Hermida no estaba en el continente sino en el contenido de saber qué decía y cómo lo decía. Sus crónicas desde Nueva York fueron la punta del enorme iceberg que encerraba este rey de la telegenia y la llegada a la Luna su cumbre, pero hay que ver la cantidad de ridículos imitadores que generó.

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