Diario de Sevilla Mantenemos la cita diaria en los quioscos como actividad esencial decretada por el Gobierno en la crisis del coronavirus

Caminábamos de la Plaza de los Carros a los corralones del Pelícano cuando, al paso por el Huerto del Rey Moro, nos hicimos a la vez la misma pregunta: "Esta contaminación que ahora mismo estamos tragando, ¿afecta a los cultivos de una huerta plantada en el corazón de Sevilla?". Quizá porque acababa de regresar del frío serrano de mi pueblo, tuve la sensación de que el aire pesaba como el plomo en esa mañana. Defiendo a saco, de palabra y obra, las iniciativas que brotan de lo vecinal para recuperar zonas verdes. Más aún si en ellas se planta y da sus frutos, sobre todo en forma de conciencia ecológica y colectiva. Aunque las condiciones de cultivo no sean idóneas -cavilábamos-, quizá estas frutas lleven menos químicos que las plastificadas del supermercado. A pesar de ello -seguíamos cavilando- esta tierra cultivada y las hojas que crecen deben de absorber los metales que cargan tanto el aire.

Lo dicho -insisto- no va en contra de las zonas verdes, que son parte de la solución. Pocas me parecen y asfixiadas y arrancadas por urbanismos absurdos -habría que hacer, ahora que está de moda, una cartografía de la arquitectura sin agua ni árboles de la ciudad- y cosas del dinero -hace poco, una vecina me relató la importante lucha vecinal que preservó el Parque del Tamarguillo de hacer en él una autovía para un Ikea-. Disparo al aire, por ver si acierto a dar con esta bala perdida adonde más nos duele. El aire de Sevilla, cuyo ideal se etiqueta en frasco, en versos de pregón de fiestas y en el flamenquito, es cierto que sigue oliendo a azahar en los idus de marzo, pero si miramos las pantallas que informan de su calidad, comprobaremos que respirarlo no es del todo buena idea. Sevilla fue la primera gran capital española en declarar la emergencia climática, con el voto en contra de Vox, y ha marcado para 2030 el límite para reducir las emisiones de CO2 en un 40%. Aquí las devotas del dedo en la llaga queremos ver, tocar y participar en lo que se hace e -importante- en lo que hay que dejar de hacer. No nos podemos permitir que las declaraciones sean declaraciones, como siempre sucede con el clima. El cambio climático está llegando antes de lo que se habían calculado, y me temo que no estamos preparados, y temo también a que lo que se haga no seasuficiente. Parece mentira que esta tierra no haya aprovechado su sol; que vivamos, salvo quienes tengan casa solariega, entre paredes hechas de papel de fumar; que aún haya quienes se opongan a que la movilidad se regule y sea lo más verde posible. Sevilla no padece la gota fría sino la gota gorda; los expertos se malician que de aquí a poco tendremos casi cuatro grados más. Ya se puede ir diseñando el folleto para Fitur: de aquí a poco, vecinos y visitantes podremos volver a remojarnos los pies en el lago Ligustino. ¿Acaso se lo quiere perder? Supongo que sí.

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