Alberto Escámez, cuando la música hiere

07 de marzo 2026 - 03:08

Se ha celebrado en Málaga, con un concierto en la Catedral a cargo de la banda de cornetas y tambores del Real Cuerpo de Bomberos, el centenario de la marcha La Expiración que Alberto Escámez dedicó en 1926 a la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima de los Dolores, siendo estrenada dicho año por la mencionada banda del Real Cuerpo de Bomberos. Felicito a esta histórica banda creada en 1911, a esta Hermandad y a los cofrades de Málaga por conmemorar este hecho histórico, que contribuyó a cambiar para siempre (y para bien, que no todos los cambios lo son) la música de la Semana Santa no solo malagueña.

Alberto Escámez (1896-1970), músico militar linarense establecido en Málaga desde 1918, fue a las marchas de acompañamiento de pasos de Cristo lo que, saltando a Sevilla, fueron Font de Anta o Farfán a las de palio. Y en los mismos años. Si Escámez compuso sus primeras y extraordinarias marchas entre 1923 y 1930 –La Milagrosa, La Soledad, Virgen del Mayor Dolor, La evocación, La Dolorosa, la ya citada La Expiración, Cristo de la Buena Muerte, Santísimo Cristo de Sangre, Al pobre Zaragoza–, en Sevilla Font de Anta componía Soleá dame la mano en 1918 y Amarguras en 1919, y Farfán Pasan los campanilleros en 1924 y Estrella sublime en 1925.

Para quien, como yo, considera la música más bella, más sobria y más hiriente de la Semana Santa las marchas de cornetas y tambores “puras”, hasta el punto de que fue una marcha de Escámez, interpretada por los armaos de la Macarena, la que en 1996 elegí para mi pregón (lo que, tras el beneplácito del Consejo, la Hermandad y el teatro me prohibió el Ayuntamiento… ¡por considerarlo un precedente poco ortodoxo!). Para quien, como yo, recuerda con emoción como sonaban las cornetas y tambores de la Policía Armada, de Patón o de la Centuria Romana Macarena, ver en Canal Sur el reportaje dedicado a este homenaje a Alberto Escámez y la banda de cornetas y tambores del Real Cuerpo de Bomberos, resultó tan emocionante como melancólico. Dedico estas palabras a la querida memoria de mi admirado José Hidalgo López –Pepe Hidalgo– el niño de la calle Relator que aprendió a tocar el tambor tocando con los palos que unían las patas de una silla en una lata de manteca o de tomate.

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