la tribuna

Gumersindo Ruiz

La aritmética del clima

EL verano se hace interminable; cada vez más largo y cálido, viene este año tras una sequía que ha dañado gravemente la cosecha de cereal, con incendios favorecidos por las altas temperaturas, y una alteración de la vida marina y presencia casi permanente de medusas en nuestras playas.

La situación de los cereales ha tenido eco porque la sequía en Estados Unidos, el principal abastecedor de maíz, se ha unido a otras situaciones climáticas adversas en el mundo, creando una inquietud general. El índice de precios de cereales de la Organización para la Agricultura y Alimentación (FAO) ha subido en el último mes un 17%, y más de un 6% el índice general de alimentos. Los precios del maíz en los mercados de futuro, que tienen un componente real de cobertura de precios y otro fuertemente especulativo, han subido un 23% en julio y un 50% desde mayo.

Los precios del trigo han tenido un comportamiento parecido, en una situación de sorpresa meteorológica, y vaivenes muy pronunciados en los precios futuros. En España, la cosecha de cereales no llega a las tres cuartas partes de la del año pasado, y como somos dependientes de las importaciones en prácticamente todos los cereales, nos veremos perjudicados por el incremento de precios. Sin embargo, esta subida no compensa la mala cosecha que han tenido los productores en Andalucía.

Los incendios son objeto de polémica en cuanto a medios para su prevención, así como el cuidado y gestión de los recursos forestales; pero no se ha destacado tanto, quizás por considerarlo inevitable y alejado de la discusión política corriente, que el cambio climático y las elevadas temperaturas facilitan la propagación de los fuegos. Es difícil recordar temperaturas como las que se han dado este año en Canarias, por ejemplo, cuyo clima se caracteriza por la suavidad tanto de los inviernos como de los veranos.

Aceptar que hay un cambio en el clima que afecta al campo y hace vulnerables las playas y los bosques supone un cambio radical en la política agraria. En algunos lugares como Estados Unidos, donde la reducción de emisiones de dióxido de carbono no está en la agenda política, la discusión se centra en las subvenciones por la sequía y en los efectos sobre la inflación, y se prefiere pensar que el clima es aleatorio y caprichoso, sin una tendencia definida. Deke Arndt, científico de la Agencia Nacional Oceánica y Atmosférica, se ha entretenido en establecer la evolución de las lluvias en los cinco estados norteamericanos donde se produce el maíz, y encuentra una tendencia ligeramente creciente entre 1900 y la actualidad, acompañada de otra tendencia en la elevación de las temperaturas; el problema es que las lluvias caen cada vez con más frecuencia de forma irregular, y las sequías son más intensas, lo que tiene influencia en la forma de cultivar, el tipo de cultivo, las enfermedades, y la superficie que se planta; en definitiva, el nuevo clima cambia el paisaje agrícola.

El Instituto Goddart para Estudios Espaciales ha hecho algo más sutil: ver la frecuencia de las desviaciones de las temperaturas, de junio a agosto, dividiendo el mundo en áreas relativamente pequeñas. Se toma como media de referencia 1951 a 1980, y se estudian 60 años. La conclusión es que en las tres últimas décadas hay un aumento de la temperatura media, y además desviaciones mayores, esto es, más episodios de calor. Los estudios de medio ambiente de la Junta de Andalucía ofrecen conclusiones similares, con datos desde 1915 a la actualidad; los gráficos de provincias, por ejemplo Córdoba, muestran períodos más prolongados de calor y menores de frío. Las precipitaciones, dentro de su irregularidad, siguen una tendencia desde 1940, con episodios más prolongados de sequía, aunque aquí las cuencas del Guadalquivir, y la llamada cuenca Sur, son diferentes en cuanto a la forma torrencial de las lluvias.

Si introducimos el cambio climático en la política agraria se nos abre un mundo de problemas y oportunidades; por enumerar sólo algunas cuestiones, hay que considerar que la rentabilidad de los cultivos va a depender del precio y éste de la escasez; el uso del agua tiene así una nueva perspectiva; el componente financiero y de mercado será cada vez más importante; algunas tierras se volverán adecuadas para algunos cultivos y otras ya no lo serán (esto podría tener implicaciones para la ordenación del territorio); y la tecnología deberá resolver cuestiones nuevas.

Todo esto es, sin duda, muy discutible y será objeto de polémica; pero cuanto más tiempo pasemos en la ignorancia del cambio climático, más difícil y costoso será que las próximas generaciones puedan controlarlo.

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