Arrojados indefensos al mundo

21 de agosto 2024 - 03:05

Los jóvenes están desasistidos de la historia, como recién aparecidos en el mundo. Y eso es grave”, ha dicho Soledad Puértolas en una reciente entrevista publicada en El País. No se puede decir más con menos palabras. El ser humano evoluciona gracias a la transmisión del conocimiento. En un período asombrosamente breve la educación logra que asuma, a través de la historia, siglos de conocimientos. Otros han hecho el trabajo por él, dejándolo en un punto a partir del que pueda seguir progresando.

El ciclo educativo logra –si está bien diseñado y ejecutado– el milagro de que en dos décadas un individuo se familiarice instrumentalmente con los contenidos básicos de todo el saber y la creatividad que a lo largo de miles de años han permitido que el ser humano se humanice, es decir, se haga cada vez más humano, palabra que según la RAE tiene como sinónimos humanitario, solidario, compasivo o altruista y como antónimos, inhumano y cruel. Esta es la tarea de la historia en el sentido más abarcador de la palabra. Sin ella lo humano no es posible.

En su extraordinaria y testamentaria –interrumpió su escritura en 1943 para incorporarse a la resistencia antinazi, siendo detenido, torturado y fusilado– Apología para la historia (Fondo de Cultura Económica), escribe el gran Marc Bloch: “A diferencia de otros tipos de cultura, la civilización occidental siempre ha esperado mucho de su memoria. Todo la llevaba a hacerlo: tanto la herencia cristiana como la herencia antigua. Los griegos y los latinos, nuestros primeros maestros, eran pueblos historiógrafos. El cristianismo es una religión de historiadores… Sería infligir a la humanidad una extraña mutilación si se le negase el derecho de buscar, fuera de toda preocupación de bienestar, cómo sosegar su hambre intelectual. Aunque la historia fuera eternamente indiferente al Homo faber o politicus, para su defensa le bastaría que se reconociera cuan necesaria es para el pleno desarrollo del Homo sapiens… La ignorancia del pasado no se limita a dañar el conocimiento del presente, sino que compromete, en el presente, la acción misma”.

Soledad Puértolas lo ha expresado admirablemente: desasistidos de la historia, los jóvenes están como recién aparecidos en el mundo, arrojados indefensos a una existencia plana, convertidos en el hombre unidimensional de Marcuse, el Homo Consumens de Fromm o el Homo Videns’ de Sartori.

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