El asesino de José María en escena

28 de septiembre 2011 - 01:00

ESE tipo que hemos visto firmar en nombre de los presos etarras el llamado Acuerdo de Guernica, que aboga por "las vías pacíficas" para conseguir un escenario "sin vencedores ni vencidos", se llama, como ustedes saben ya, Jon Agirre Agiriano. Salió de la cárcel el pasado 3 de mayo tras cumplir 30 años de condena -el máximo que permite la vergonzosa legislación española- por el asesinato de tres personas en 1980, el año más sangriento de ETA. Hacía cinco años que había muerto Franco, dos que teníamos Constitución y uno que se habían celebrado las primeras elecciones plenamente democráticas. Pero a ETA nunca le ha importado la democracia; es más, después del propio Franco, ella y el nacionalismo radical vasco son los enemigos más feroces que la democracia española ha tenido.

En 1980 ETA asesinó a 98 personas. Entre ellos, y por obra de Aguirre Agiriano junto a otros cómplices, al niño de 13 años José María Peiró Carballo. El 29 de marzo colocaron un artefacto bajo el coche de un guardia civil en Azcoitia. Al arrancar se desprendió, cayendo al suelo sin que el conductor se apercibiera. José María, que volvía con dos amigos de jugar un partido de fútbol, vio el paquete y le dio una patada. La bomba estalló, matándolo en el acto e hiriendo gravemente a uno de sus amigos. Su madre oyó la explosión desde su casa. Cuando acudió al lugar del suceso no le permitieron ver el cuerpo de su hijo.

Lo reconoció la hermana porque llevaba puestas unas zapatillas de deporte que le había prestado. Se trataba de una modesta familia de San Vicente de Alcántara (Badajoz) que había emigrado a Guipúzcoa en 1973.

En el imprescindible libro Vidas rotas -biografías de todas las víctimas de ETA- se cuenta que el joven guardia civil contra el que iba dirigida la bomba fue a casa de los padres para pedirles perdón; que José María fue enterrado en San Vicente de Alcántara, donde volvió a establecerse la familia. Y que "desde entonces, su madre acude a diario al cementerio". Cuatro meses después del asesinato apareció en el buzón del domicilio familiar pacense una carta de ETA, dirigida a nombre de José María, en la que los terroristas achacaban la muerte del niño a un error. "Pero no se arrepentían", puntualizó la madre.

Quien ha provocado tanto dolor a una familia y le ha arrebatado a un niño tanta vida por vivir habrá pagado su (en mi opinión exigua) deuda con la justicia. Pero carece de autoridad moral para firmar o pedir nada. Como carecen de humanidad quienes le invitan a hacerlo y de vergüenza quienes ven algo positivo en el Acuerdo de Guernica o en que los asesinos lo firmen.

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